viernes, 14 de agosto de 2009

Adiós al corsario del Rock


- Tienes dos horas para encontrar a Willy Deville y sacarle unas palabras.
- Es muy poco tiempo –objeté espachurrando mi Pielroja sin filtro en el abarrotado cenicero: varias colillas se regaron sobre el escritorio dejando un olor agrio de ceniza vieja en el ambiente.
- Es cuestión de vida o muerte –dijo el director-. En estos momentos pueden estar ocurriendo dos cosas importantes alrededor de Willy…
- ¿Cuáles? –dije poniéndome la gabardina y embutiendo mi libreta en el bolsillo.
- Uno: que puede estar vivo. Y dos: muerto.
- No es nada nuevo –dije saliendo- yo también puedo estar uno: vivo y dos: muerto. Es la vida.
- Sí –dijo el director gritando al tiempo que yo daba el portazo de salida-. ¡Pero tú no eres Willy Deville!

No escuché la retahíla de hujueputazos al techo y al aire enrarecido que salieron desde la gris oficina de redacción y pasaron por el amarillento pasillo donde asomaban huecos de abogados, leguleyos y tinterillos. Una vez afuera encendí otro Pielroja. Un viento frío golpeó mi rostro. Ascendí buscando la Avenida Sao Paulo y me metí en una de las panaderías a comprar un roscón de azúcar, dejé atrás la calle de los restaurantes cantoneses, el olor a comidas callejeras, los cines triple X, los balcones de hierro de antiguas mansiones, hoy inquilinatos de podredumbre, y disfruté el fondo blanco de edificios recortados contra el azul de las montañas, el naranja evanescente del sol moribundo y el ruido intenso, lento del tráfico.


Era estupendo caminar por la ciudad cuando ya estaba atardeciendo: poco a poco todo dejaba de ser un trepidante sonajero y las cosas se alargaban en reflejos de luz que luego se desvanecían transformándose en otros reflejos de sombras y luces, en bombonas amarillas, en charcos metálicos sobre el asfalto hasta el abandono pleno a la noche. Dejé atrás la Estación Central y los músicos callejeros, los almacenes de ropa, la fachada de granito del Teatro Municipal, los zócalos hundidos, hice el atajo esquinero de la centenaria Farmacia Ruiz que me dejaría, cinco cuadras más adelante, en la Sao Paulo con la Diagonal Nicaragua. Caminé tres cuadras de bancos y edificios públicos; el ciego del bandoneón, obeso y deforme, se escurría contra la pared, el sombrero caído y su rostro picado: cantaba “Milonga Sentimental” con voz de gato, el ruido de alguna que otra moneda (no la mía) cayendo en su tarro de galletas Noel; tres metros más adelante un mendigo alargaba su pierna gangrenada sin cantar y sin llorar y ya, en plena Sao Paulo, el golpe seco de un choque entre dos buses de pasajeros. Vidrios saltando en el piso como granizos. Vectores humanos confluyendo en un mismo punto. Otros colores para la tarde.

La ciudad era tranquila a esa hora, todos nos esmerábamos por llegar o por acabar de hacer lo interminable. La Plaza Colón, sus árboles, los vendedores de minutos, los informantes, los estudiantes abrazados, los alcohólicos, drogadictos, prostitutas, las palomas y mi ritual: darle de comer lirios a la enorme iguana que se los tragaba de un golpe, con los ojos cerrados, concentrada como una anciana decente que luego, satisfecha, se subía al árbol más cercano; sentada en el pretil de la fuente, una gitana de rostro largo, me observaba atenta: yo había comenzado mi tránsito en diagonal por la plaza hacia las callejuelas adoquinadas del centro histórico.

- Leo la suerte - me dijo angustiada, estirando la mano para agarrar la mía.
- Primero una pregunta – la paré en seco - ¿Lees mis artículos?
- No… -dijo triste.
- Entonces no puedes leer mi mano.
- ¿Por qué no, señor mío?
- Porque si lees mi mano vas a leer mis artículos, los que escribí y los que todavía no he escrito. Eso me acarrearía dos problemas.
- ¿Cuáles señor mío?
- El primero: que leerías gratis mis anteriores papeles, pero además terminarías cobrándome por leerlos ¿entiendes ahora para qué sirve leer vieja pilluela?
- Y segundo…
- Eso es: Y segundo, que si lees los artículos que no he escrito terminarías escribiendo mi columna diaria y la gente creería que soy yo el que escribo cuando realmente eres tú quien los escribe, copietas.
- Pero tú cobrarías igual, Señor mío.
- ¡Alto ahí! ¡No igual! Cobraría como un jubilado y eso no me va. ¡Los periodistas morimos con la pluma enhiesta! Y luego, ¿sabes qué?
- Qué –imploró la vieja gitana que ya quería huir de mí.
- ¡Que tú te convertirías en mí! ¡Y eso no te lo perdonarían mis lectores!

La gitana se alejó desbocada lanzado de vez en cuando miradas aterradas hacia atrás. Aún así alcancé a gritarle:

- ¿Ya te ubicaste vieja bribona en el exigente e inhumano mercado de la palabra?

La ciudad era una esquina en la tarde que se fundía entre la quietud y el tropel. No tenía la brillantez de la mañana, cuando sus habitantes se adentraban entre tímidos y anhelantes en la incertidumbre del día. Me detuve en el kiosco de los periódicos vespertinos, una noticia pequeñita: “Los cubanos se pueden quedar sin papel higiénico para fin de año”.


La noticia me ayudó a trazar mi estrategia. Decidí ir a buscar a Willy en el café Valdés de la Plaza Botero. Si estaba vivo existía la posibilidad de un 0.1 % de que llegara a ese sitio. Si estaba muerto la probabilidad era del 0%. Si llega, muy bien, si no, era que no convenía. Así es la vida, perfecta como la matemática y sin muchos azares. Pero la que sí tenía que llegar a ese sitio era Luz, la estudiante de periodismo. Ella no estaba muerta: es viva, o por lo menos así la dejé la última vez que se quedó dormida en su cama antes de terminarle de leer uno de mis mejores artículos sobre las palomas de la paz que cagan la cara de nuestros héroes patrios, supongo que era ella: su voz que murmuraba incoherencias pastosas, sus suaves ronquidos, la pelusilla rubia de sus mejillas, el reflejo azuloso de la pantalla del computador en su cara, mis caricias que empezaron a desabrochar su ropa cuando cayó rendida con mis lecturas somníferas, mi truco infalible.

- ¿Qué deseas hoy? – me dijo la muchacha que a veces me sonríe y a veces no.
- Lo de siempre.
- Un expreso doble –dijo para sí misma, sin mirarme, haciendo una señal con marcador en el vaso de cartón rojo- ¿Así?
- Así. Gracias.
- ¿Algo más? – me dijo cuando detuve la larga fila por mirarla.
- No, así está bien.
- Al final de la barra le entregarán su pedido–me dijo con su sonrisa estándar, su voz afectada de azafata-. Que lo disfrutes.
- Por supuesto que sí. Te disfrutaré.



La del café se mira con la otra, rubia y grande, una sonrisa que se pierde en retruécanos de lenguaje no verbal. En el grupo de mesas metálicas y la arquitectura de velero, descubro la mesa señalada, allí está Luz, esperándome desde hace rato. Ella no toma café. Granizado de naranja con torta de zanahoria. El café la deprime.

- Terminó su investigación – le dije a modo de saludo.
- Ya.
- ¿Y qué?
- Nada –dijo Luz-. Cosas sueltas en realidad.
- Cuénteme algo –acabé de sentarme, bebí el café sin azúcar, eché un vistazo casual a las otras mesas.
- Y vos qué pensás hacer con eso –me dijo cruzando las piernas, dejando ver unos músculos firmes y morenos-, ¿uno de tus artículos somníferos?
- Nada de eso, quiero escuchar lo que averiguó -busqué un cigarrillo, lo encendí, aspiré hondo- . Yo no vivo de papeles viejos.
- ¿De qué vivís vos viejo?
- De bellas dormidas.
- ¿Lo decís por mí? – Luz se sonrió satisfecha de noséqué y metió boca y nariz en el granizado de mandarina.
- ¿Qué encontraste en el tour por las ediciones viejas del periódico?
- Encontré cosas que me llamaron la atención, por supuesto –dijo Luz sacando su libretica de apuntes-. Luces a eventos lejanos, ocultamiento a otros locales, sin escamotear nada. La muerte del poeta Guillermo Valencia ocupaba un titular completo y media página de entrada más un cuarto del interior. El editor se imagina cosas…
- Como por ejemplo…
- Como por ejemplo, que la muerte de Valencia es llorada por todo el continente.
- Vea pues, pero comencemos por el principio…
- El principio es el 6 de febrero de 1912.
- ¿Qué hay allí?
- No hay nada…
- ¿Cómo así?
- No hay noticias, puros anuncios publicitarios; hay uno muy grande que ocupa el centro: Miguel Vásquez e hijos. Almacén de ferretería y para mineros. Tienen un surtido disponible en artículos de primera calidad. Dos años después aparece la primera guerra mundial: “La confrontación europea. Génesis de la actual guerra.” A la muerte del poeta José Eustacio Rivera le dedican 10 líneas, pero más abajo el suceso es remarcado con un titular a tres columnas, sin embargo debajo del titular está el cuerpo de otra noticia. Pareciera que los diagramadores pensaran el periódico mientras lo montaban. El final de la guerra contra Perú es ilustrada con caricaturas referentes a Olaya Herrera, Urdaneta y Valencia. Luego ocurre algo raro.
- ¿Qué cosa?
- El titular a seis columnas dice: “Interesantes gráficas de la tragedia ocasionada en el campo de aviación de la ciudad” Abajo dice: “Laureano Gómez llega hoy”. ¿Sabe a qué se refiere todo eso?
- Eso de interesante… Deme una pista.
- Ya se la di.
- Otra.
- Es el año 1935 y en una esquina se lee: “En Buenos Aires y en Nueva York causó gran sensación la tragedia”.
- ¿La muerte de Gardel?
- Adivinó. Pero el lector tiene que ser un mago para entender que es la muerte de Gardel porque en todo el periódico solo se menciona una vez, la prioridad es la tragedia de aviación y el resto de muertos, de hecho dice en otro lugar: “En todas las ciudades se decretó luto por la terrible catástrofe”.
- Eso es respeto por todas las victimas, vea usted.
- O descuido de los diagramadores… Años después aparece el ejemplo de una noticia que se va desarrollando en la misma página. Como en internet.
- Cuénteme eso.
- Sí, una noticia que uno la ve evolucionar a medida que baja la mirada por la primera página, “En estado pre agónico el ex presidente Carlos E. Restrepo” y una línea más abajo dice: “Falleció a las 4 el Dr. Restrepo”. Y ya en la parte final de la página, abarrotada de anuncios comerciales: “Todo el país conmocionado”.
- Conmocionado, era la palabra de moda.
- Es aun la palabra de moda. En noticias RCN usted la escucha a menudo. El cubrimiento de la Segunda Guerra Mundial es aparatoso. Por ejemplo este titular del 17 de junio de 1941: “Francia se rindió INCONDICIONALMENTE a Los Alemanes!!”; en 1944 se lee: “París se liberó a sí mismo”. Aquí tengo este dato que es de más atrás solo que soy un poco desordenada con mis fichas, en 1940 este titular apeñuscado en medio de la página: “Alemania prepara el ataque a Inglaterra. Tratará de ocupar a Islandia desde los puertos de Noruega”.
- Las estrategias eran trasmitidas como un juego de ajedrez o un partido de fútbol -dije yo.
- Así es. En el 36, debe saberlo, el periódico fue asaltado e incendiado.
- Sí.
- La llegada al gobierno de Laureano Gómez y su frase: “Pido a Dios que me de fuerzas para poder responder por tan grande responsabilidad”. Muchos años después, a fines de los 80, aparecen otras muertes que no están en los tamaños a que nos acostumbramos: Pardo Leal, Jaramillo, Guillermo Cano, Pizano, aparecen pero no como un grito, sino como un susurro. Y en fin, otras cosas: ese deseo inmenso por ser internacionales y grandes hasta en las tragedias: la foto muestra un edificio semidestruido y el gran titular: Somos la Beirut de América. ¿Qué mirás viejo?
- No, nada. Siga.
- En resumen es eso: luces y sombras, manejadas por una tramoya ideológica.
- Pues nada nuevo –dije yo decepcionado lanzando una bocanada en forma de circulo que recorrió ingrávida todo el café-. No alcanza ni para que un lector se duerma.
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Jirones de reflejos, hojas de vidrio, flujo y reflujo sin fin de personas, de todas ellas detengo la mirada en el que tiene que ser, para algo tenemos ojos selectivos: un hombre, de cabello largo y liso, largas zancadas, pantalones negros y chaqueta negra con camisa blanca. La bocanada circular fue a detenerse sobre su cabeza y lo siguió hasta que encontró su mesa, su silla y su café. Alguien, una mujer lo esperaba.

- ¿Aquél santo no es Billy? – le digo a Luz estirándome un poco.
- ¿En qué mundo andamos? –dijo Luz abriendo sus ojazos- Billy murió esta tarde.
- ¿Y quién es ese entonces? –dije restándole importancia a ese asomo tribal juvenil.
- Su doble, por Dios, está cerrando unos compromisos que Billy adquirió antes de morir: entrevistas, donaciones que debía recibir, etc. Nada que ver con conciertos porque el gran Billy no tenía dobles. Era el último de los auténticos, no tenía correo electrónico, celular, ni se dirigía a sus fans por medio del twitter, ahora que todos vivimos tuitiándonos.
- Tuteándonos querrás decir.
- Eso de tutear es de ustedes los de la vieja guardia, para nosotros es tuitiar viejo. Ponete al día, ¿sí?…
- Pero dices que Willy ni siquiera tenía correo y así les gustaba. El poder de los viejos…
- Por favor no te comparés. Vos no sos Willy.

De pronto miro a la mujer que lo esperaba desde hacía rato como una cita concertada con el tiempo: larga, flácida y ajada, tal cual un dibujo azul de Picasso. Estaba sentada a su lado, pero la silla quedaba frente a mí, así que mientras leía la mano que le extendía el doble, ella podía mirarme. Después miré bien y ella dejó ver su suave sonrisa de victoria alada. La sangre dio tumbos como un torrente helado. En algún lugar escuché la Rapsodia en Azul, cruzándose con las espesas campanadas de la catedral y la sirena de una ambulancia.

- ¡Aquél soy yo! –grité al fin- ¡Y aquella es…!
- ¿Qué pasa hombre? –dijo Luz.
- ¡El doble de Willy soy yo!
- Y éste… ¿se la fumó verde o qué?

Dejé a Luz con su lógica barata y me fui tambaleando hacia donde estaba mi doble.

- ¿Qué haces, vieja bribona? – le espeté a la gitana - ¿Qué lees en mi mano?
- Ya llamé al director del periódico –respondió impávida.
- ¿Qué le dijiste impostora?
- Le dicté las palabras del gran Willy que mañana saldrán en primera plana.
- ¿Y qué dijo el tal Willy?
- Me dijo esto, perdón, te dijo esto: "Si supiera cómo va a ser un concierto me aburriría antes de salir. Sería como saber quién va a ganar una pelea callejera”.
- ¡No! –grité desolado- ¡Es la frase perfecta y yo no estaba allí!

Se rió a pedazos, como un muñeco antiguo, mostrando su boca profunda y mellada.

- ¿Sabes lo que me dijo tu jefe?

Sus palabras eran una risa convulsa y grotesca:

- El director me dijo: “Eres grande Gómez, perdona mis indelicadezas de esta tarde, a veces me acelero, pero eres grande. ¡Qué palabras las que le sacaste al gran Willy!”

Era grandioso, ella era grandiosa. Dejé el café aterrado mirando hacia atrás, tropezándome con mesas y bebedores de café (una torta de chocolate rodó por el suelo) y caminé como sonámbulo por la ciudad, pateé los humeantes canecos vacíos que les servían a los vagabundos para abrigarse, escuché sus maldiciones pastosas, recorrí las calles que se volvieron desiertas con el paso de las horas, miré de reojo las enormes vitrinas con los inquietantes maniquíes que en la soledad provocan pavor; en una esquina, entre vendedores de café y morcilla, estaba la edición matinal del periódico con el titular que ella redactó. Leí la noticia. Lo normal, nada había cambiado: era yo el que escribía. Caminé a casa a descansar, a esconderme de la ciudad, pero antes de entrar me asomé por la ventana de mi habitación.

Lo imaginé, soy un periodista de los buenos, de esos que puede ver los matices y las ramificaciones de las historias mientras se las cuentan. Soy de los últimos que quedan así en la ciudad. Por eso lo supe desde antes de llegar a casa, pero igual me asomé. Allí estaba ella, recién bañada, desayunando con frutas, al lado un café: peinaba lentamente su larga cabellera de gitana y cantaba una antigua y triste canción romaní; la pantalla del computador daba un aire azuloso a su rostro tranquilo. La esperaba, tal vez, un día agitado en noticias.

- Esa soy yo – me dije aplastando contra el piso el último de mis Pielroja sin filtro–; y este soy yo: el lector de ella. Estrujé la cajetilla y la tiré a un cubo. ¿Para dónde ir ahora? No hay mundo más allá de una noticia en papel periódico. De repente me entraron ganas de leer las manos de los transeúntes que pasaban deprisa por mi lado como un desfile interminable de muñecos grises, todos leyendo la primera página sin mirar a los lados.

El sol de la mañana se estiraba en jirones por la calle.
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Benjamin Casadiego © 2009