sábado, 13 de febrero de 2010

Mirada al vacío (I)



“Una hoja uniformemente negra es un cuadro, y sólo el hombre puede hacer una hoja uniformemente negra, ya que la naturaleza no hace jamás nada uniforme”. Alexandre Kojève


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Una tarde de domingo como la de hoy papá llegó de visita. No era un gesto habitual pero tampoco era una sorpresa, era algo bueno, por decirlo de alguna manera, de hecho hacía seis meses que no se asomaba por acá, aunque hablábamos por teléfono de vez en cuando y eso es lo que yo llamo algo bueno. Antes, lo reconozco, venía más seguido, luego el tiempo terminó alargándose y se alargó tanto que algo se rompió definitivamente: seis meses es algo definitivo, pero aun faltaban otras categorías del tiempo: las que en lugar de alargarse se encogen: hasta asfixiarnos. Entonces faltaba lo peor (¿el silencio del tiempo encogido?). Ese domingo estuvo aquí conmigo mirando fotos del álbum familiar que estaba exactamente ahí, sobre la mesa de centro que nunca fue mesa y nunca estuvo en el centro, porque esto no es una sala, estrictamente hablando.

- Tal cual: un obispo, mirá – papá me revisó atentamente y volvió a la foto -. Tenés la soñolienta y satisfecha expresión de un obispo al final de una angelical cena.

Papá se refería a ese papel cuadrado en el que estaba yo recién nacida. No era mi mejor perfil, pero era yo.

- No un obispo -corregí sin vanidad, aceptando el juego –, parezco un cardenal renacentista. Mirá bien la cara y el púrpura, ese color no era casual. Tenía su precio.
- El color de la oscuridad y la luz –dijo papá con solemnidad, mirando de nuevo la foto-. Bien, un cardenal renacentista al final de una lenta y abundante cena.

La historia, por supuesto, va más allá de los bordes delicados de esa foto: hablo con alguien que ya no está. Papá no habita más en este lado del mundo y yo hago prácticas para vivir en ambos mundos. Retrocedo la película y lo veo de nuevo: estamos aquí tirados en ese mismo sofá que ahora observo desde la mesa de comedor, el sol, este sol amarillo de esta tarde de domingo entrando por la ventana; mi hijo clavado en un programa de lucha libre, el agua del café a punto de hervir. Ya habíamos dejando de hablar de mi ex marido (a quien papá admiraba), de las calificaciones escolares del niño (silencio), de mi mamá rehaciendo su vida con nuevo marido en el extranjero (nos cuenta de su trabajo en una empresa naviera de Anchorage, mi hijo espera visitarla para ver los alces del parque nacional Denali y mamá se muere por verlo a él; mi hijo no sabe las entrelíneas de esa historia y yo dudo de si en realidad sea una empresa naviera). Entonces, cuando lo doméstico fue clausurado, las palabras siguieron su juego.

- Supongamos –digo- que ese cardenal vive en Venecia. ¿Qué se escuchaba? ¿A qué olía ese momento?
- Venecia olía a mierda –soltó papá- y la comida era un mejunje tan espeso que te morirías ahora con solo verla.

Nada mejor que conversar, pienso ahora: nos hace ciudadanos del mundo, viajeros sin paso de aduana, ajenos a la culpa de una nacionalidad. Me es fácil recordar aquella conversación con mi padre, recuerdo los olores suaves de una bolsa de pan recién abierta y un café acabado de hacer, recuerdo los sonidos, la música: desde los soul de Otis Redding a las tonadas medievales de Guillaume Dufay. Recuerdo nuestro recuerdo de Venecia: 500 años atrás, los comensales en el Palacio Ducal.



- ¿Y los sonidos? –digo yo asqueada con los olores de Venecia descritos por papá a su modo definitivo, pero con sinceras ganas de estar allá, en esa Piazza san Marco que Guardi pintó con los reflejos del Gran Canal para darle un esplendor vivo que hasta ese momento nadie, ni Canaletto, le había regalado en un lienzo.
- Afuera, góndolas deslizándose por el Gran Canal alumbradas con faroles –dijo papá-, los comerciantes anunciando productos venidos de Oporto, Alejandría y Damasco, un barco pesquero procedente de Trieste ha llegado con chirlas, sardinas, lenguados y platijas; en el bullicioso mercado, los vendedores de morcilla y bofe empacan los saldos para llevarlos a casa.
- Voy un poco retrasada –intervengo yo -, el carruaje se bambolea por el empedrado de las estrechas calles. Adoquinadas, supongo. Yo soy un viejo Cardenal sin nombre pero con poder suficiente para anunciar la paz. Salto del coche…
- Corrección primera: Te desparramás del coche -papá sonrió ahora mirando el suelo.
- Y casi caigo de bruces en la acequia de aguas podridas que vomitan ratas chillonas, peludas, asquerosas: la encarnación del infierno…
- Comenzás a caminar –dice la voz teatral de papá-; te acompaña un séquito de seres sin rostro; respirás pesadamente, cosa que te impide aspirar por un instante el olor limpio del mar, la brisa del Adriático. El olor de tu infancia ya tan lejana como tu felicidad.
- Estoy tan aturdida que me he olvidado de que a pocas cuadras de allí, mi amigo y protegido el compositor Andrea Gabrieli, un buen hombre formado desde la infancia en los coros de la Basílica de San Marcos, presentará allí sus madrigales… ¿Sabés una cosa?
- ¿Sí?
- A la entrada de la catedral, oculto entre la multitud, espera mi amante disfrazado de hombre: piensa matarme, por viejo y depravado… - miro a papá- ¿Cuál es la segunda corrección?
- Que al bajarte del carruaje ya no sos un Cardenal…
- ¿Entonces?...Sos el Dogo… El gobernante de por vida, elegido por 12 familias. Entonces caminás pesadamente hacia el Palacio de los Dux.


- No entiendo por qué yo estaba fuera de Palacio…
- Estabas buscando la paz con tus enemigos, así que regresas a rendir cuentas. Doblás por la esquina donde están empotrados Los Tetrarcas, los cuatro guerreros amigos, recorrés las blancas arcadas, te distraés pasando los dedos por los muros: un gesto de serenidad pero también de inquietud: “¿qué pasará después de hoy?”, parecieras estar preguntándote. Entrás.
- Entro con cierto temor inexplicable, tal vez miedo escénico, diríamos ahora, al encontrarme de nuevo en los espaciosos salones del Palacio Ducal iluminados con mechones, en los pasillos resuenan mis zuecos: huele a incienso, humo de carbón vegetal y grasa animal; los comensales me ven llegar, alzan la mirada. Siguen comiendo con la mano: los trinches son aun un lujo puesto al lado de los platos.
- Mala señal –anotó papá-: has llegado tarde o has perdido poder.
- O la comida era un asco…
- Bien, asea lo que sea allí están reunidos los miembros de las poderosas familias aristocráticas que dominan el mundo en ese momento. Sonido de cuchillos y muelas masticando; la cena: bacalao salado en salsa picante, habas con tocino, puerros en salsa de almendras, tortelloni de auyama según la receta de Andrea Mantegna, garrafas de vino de la huerta y un cafecito.
- ¿Por qué cafecito? –digo yo.
- Era el final de una larga guerra.
- ¿Cómo se negociaba la paz en esos tiempos papá?
- Un artista sellaría la paz, así te lo pidieron tus enemigos que te llevaban del cuello –dijo papá levantando la vista del álbum, descansándola en mis ojos-. Y vos, haciendo gala de toda la astucia diplomática que te distinguía, decidiste enviar nada más y nada menos que a…

- ¿Gentile Bellini? –dijo uno de los 12 duques soltando su trinche, evitando la risa – ¿Pretende Su Alteza que los bárbaros lo descuarticen como un cerdo salvaje una vez pise suelo otomano?
- No –respondió el Dogo conciliador, sin dejar de ser soberbio-, pretendemos todos, tanto los aquí reunidos como ellos, que su arte divino ilumine y realce nuestra esencia de hombres de paz y progreso.
- ¿Si ahora me fuera dada esa digna gracia –digo yo pronunciando gratia alargada como en un motete medieval-, funcionaría un sello de paz así?
- ¿Aquí?
- Sí…
- Sí… Fernando Botero - por un momento sentí a papá incómodo-. Pero esto es otra cosa…
- ¿Qué es esto?
- No lo sé.


Guardamos silencio. La tarde aquí en nuestro mundo olía a nubes blancas. Escuchamos el ruido de una sirena en la otra calle, una lejana y chillona voz de mujer vieja anunciaba mandarinas, papaya fresca y mazorcas, una bicicleta pasó cerca de la ventana, otro carro dejó en el aire una canción. Una voz de muchacha dijo con voz triste: “y ahora su voz es un recuerdo doloroso”. La tarde olía a nubes blancas recién formadas en el cielo azul, también olía a calles desoladas y a la tranquila pereza de un domingo en la tarde. Papá se incomodó con ese no lo sé y trató de hallar otra respuesta.

- Aquella era una guerra estética –dijo papá volviendo al álbum y mirándome con el rabillo del ojo a ver qué cara ponía yo.
- Pongámonos serios –reclamé yo-, era una guerra con muertos: invasiones de turcos, intrigas de otros estados italianos, la lucha por corredores estratégicos marítimos y terrestres hacia India y Asia, Vasco Da Gama descubriendo una nueva ruta en el Cabo de Buena Esperanza.
- Sí –papá sonrió-, pero también había una estética, y el fuego de los cañones y los asaltos llevaban ideas, arte, religión, inventos, las formas de pintar de unos y otros.
- El fuego llevaba ideas -le recordé a papá-, pero también requería dinero y se peleaba por él. Había, como ahora, sed de poder, decisiones que buscaban dominar el mundo.
- Bellini… - dijo papá y quedó en silencio, sonriendo- ¿Te imaginás? Bellini, como parte de los acuerdos de paz, vivió más de un año entre los otomanos y las pinturas de ese periodo fueron magníficas.
- Entonces, una lección para tener en cuenta: algunas guerras dejan arte, la nuestra ha dejado muertos –digo yo, dada a esas conclusiones tajantes- ¿Qué te parece?
- ¿Te imaginás a Botero un año en Colombia como parte de los tratados de paz? Su arte se renovaría, renacería de las cenizas en que está sumido ahora. Y nosotros emergeríamos, con él.
- ¿Por qué pensás en Botero, papá? ¿No te parece muy pesado a estas horas de la vida?
- ¡Es que nadie ha podido pintar gatos como los suyos! - dijo papá acicalándose enérgicamente ambas cejas-. ¡Ni siquiera Goya! Ni siquiera…
- ¿Leonardo ibas a decir? Recuerdo la vez que estábamos almorzando todos y de pronto dijiste al aire mirando el cuadro de la Última Cena: "Miren, Da Vinci convirtió a Jesucristo en un pintado en la pared".
- Después se me ocurrió colocar un graffiti: Jesucristo es un pintado en la pared, atentamente, Da Vinci, pero ya no estaba para esos trotes. Sí… En realidad Da Vinci dibujó dos gatos dormidos. ¡Pero también Klee y Chagall y Matisse! ¡Hasta Rudyard Kipling que no era pintor pintó un gato para su hijo! ¡Todo el mundo ha pintado gatos!


- ¿Alguna vez me pintaste gatos cuando era niña papá?
- Vos los pintabas como los pinta ahora tu hijo: gatos que parecen burros.
- Buuueno, eran gatos bien puestos en sus cuatro patas –digo yo sonriente como una delicada gata abrigándose entre las patas-. Bien, te concedo algo en cuanto a Botero: hace rato que no vemos un presidente haciendo la siesta ahora que todos alardean con que no duermen de tanto trabajar. Pero es necesario algo más… ¿precario?, más así –chasqueé los dedos – que nos ponga de frente con la memoria.
- No veo eso que dibujaste en el aire…
- Es arte concreto –expliqué tratando de no ser insolente-, no representativo; es arte que está sobre el lienzo o el papel y no está en otro sitio, en otro lugar de la naturaleza, es en sí mismo un universo con sus leyes. Ese arte va más con el país, porque nos da la oportunidad de re-pensarnos, re-inventarnos a partir de sabernos in-existentes. En vez de arte para decorar un sitio, necesitamos un lugar que decore el cuadro.
- Debiste haber sido artista o crítica de arte hija… en lugar de ser médica.
- No, no… -dije ensimismada en no se qué.
- Bueno, -continuó papá - el arte de la guerra, en el manifiesto futurista de Filippo Marinetti, se saluda la guerra, las bombas, las balas porque ellas producirán el arte del futuro, algo así como los objetos del arte modificados por la técnica, en este caso el arrasamiento de la primera Guerra Mundial, luego las bombas que destruyeron ciudades como Hiroshima o aquí los cilindros bombas y las sierras eléctricas. La guerra es bella, dice, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las orquídeas de fuego de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, los altos el fuego, los perfumes y olores de la descomposición. Fijate que los jóvenes futuristas se lanzaron a la guerra del 14, a eso que ellos llamaban “la única higiene del mundo”. Los que no murieron quedaron años después convertidos en peones culturales de Mussolini.
- ¡Ve esos perros! – grité enfurecida, molesta de haber escuchado ese manifiesto de labios de mi papá -. ¡Extravagantes, grotescos! Miserables degenerados que por fortuna no se repitieron en la historia. ¿En qué terminaron? En mendigos arrodillados al poder, ¡en unos lame culos!

Papá me miraba atónito.

- Ya se me había olvidado el calor de tu sangre, hija –dijo papá sonrojado.
- Disculpas.
- No es nada, estás viva hija.
- Seguí con la historia de esos perros, por favor.
- Bueno –siguió papá-, luego se reencarnarían en formas más refinadas: nada más fijate en la Bauhaus, en arquitectos como Gropius, Mies van der Rohe o Le Corbusier, y todo eso que se llamó la estética de la máquina, el Ballet mécanique.
- Ah, una arquitectura que niega el pasado… Eso a mi me gusta en algunos momentos, en algunos domingos, es belleza –dije yo un poco más calmada-, esa arquitectura es bella, acariciable, es otra cosa comparada con ese vómito futurista.
- Viendo tu reacción se entiende la dimensión terrible de ese discurso –dijo papá-, pero aceptémoslo: es realista aunque el realismo en el arte ya no nos va, ¿no?
- No va, sí… -digo y voy pensando la cosa, dejando atrás mi pasión-, sí… pero de allí se pueden hacer abstracciones y experiencias que no necesariamente nos cuenten una historia lineal –termino diciendo yo, a veces tan pedante, tan profesora, herencia tal vez de la abuela paterna de papá, al fin de cuentas los genes…


- Eso es lo que quería decirte hija –dijo papá volviendo al ruedo cauteloso pero firme-, si miramos ese discurso futurista sin pasiones, pues al fin de cuentas para qué sirven las pasiones en el arte, ¡Dios Todo Poderoso!, nos damos cuenta de eso.
- ¿De qué?
- Bueno, de que es otra mirada a la guerra, pero no es más que eso, una mirada desde un discurso y eso nace en una sociedad dada a los debates libres y esas palabras no puede dejarse a un lado, sobre todo viniendo de artistas, que son los únicos que aún creen en el mundo. Arendt decía que la duración, yo diría perduración, de la obra de arte nos daba a entender ese carácter duradero del mundo.
- ¿Qué es el mundo? –pregunté aquietada en esas pasiones de papá.
- El mundo es la vida humana. Incluso un mundo con guerra es mundo, lo contrario es el desierto, ausencia de vida, hasta de guerra incluso. ¿Cómo entender una guerra?
- Ahí iba yo… –digo aspirando el aroma de la crema untada sobre mis pies, pensando en los grandes temas filosóficos: del saber, del sabor y de otras cosas- ¿Si se entiende una guerra podríamos llegar a disfrutarla?
- Supongo que de eso se trata, ¿no? – dijo papá mirándome con obviedad-. Adorno dice que el oscurecimiento del mundo hace racional la irracionalidad del arte.

Nos callamos. Afuera, en la calle nuestra, sonaba el silencio, adentro en mi casa olía a nada. Era importante cambiar de tema para siempre.


- ¿Por qué cafecito en esa cena, papá?
- Café en lugar del agresto, uno puede jugar con la historia y las costumbres, hija.
- ¿Y dónde me dejás esa… molesta sensación de llenura, como dice la propaganda de sal de frutas, papá?
- Oh sí, todo eso era una mierda.

La comida había durado mucho tiempo, tal vez las horas exactas para pasar a otro tiempo, para intentar otro viaje con las palabras, los ojos atravesados por libros, viajes sin salir de casa. ¿Qué tal, papá, que en lugar de cardenales y duques fueran mandarines?, le pregunté.

- Pues entonces las comidas cambiarían, hija –dijo papá con su habilidad para explicar las cosas que le emocionaban.
- ¿Cómo serían, papá?
- Año 1700. Sos una letrada de fama y respeto –dijo papá mirando para la ventana-. Te han organizado un agasajo en Nankín. La estricta ceremonia protocolar, las músicas como parte de ese rigor, dulzainas, flauta de bambú, violín de cuatro cuerdas y el órgano de boca; por supuesto la comida y las bebidas: hierba de verano de oruga de invierno; siete tazones de nidos de golondrina en salsa negra, buches livianos, dátiles, té verde, vino en copas de porcelana y palillos de marfil, por supuesto.

Papá conversando conmigo antes de dejar de hablar, antes de ocultarse, para no decirnos nada más. Me consuela pensar que en algún paisaje de esa lejana china rural estaba, oculto tras las rocas y la vegetación, un ermitaño: Shitao el pintor de los vacíos, y entonces me doy cuenta que comienzo a ser yo, porque soy niebla, vacío, plenitud, silencio, eso es lo que soy y si fuera posible jamás hubiera hablado, pero tuve que hablar para saber que jamás debí haberlo hecho. Aquella tarde mi taza cayó al piso; desde arriba miré asustada el piso blanco abierto en un abanico de astillas color amarillo quemado sobre café, explosión de un instante, imagen congelada en el espacio, desnuda, expuesta allí para cualquier albur. Papá, impávido, recogió los pedazos de loza: desde abajo me miraba y me interrogaba. Tal vez nunca me había visto tan asustada por una simple taza de café que caía al piso.
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Benjamín Casadiego © 2010


Imágenes: 1 Yuanji Shi Tao (1642–1707), 2 Francesco Guardi: Palacio Ducal de Venecia, 3 Francesco Guardi: Partenza del bucintoro per San Nicolo, 4 Canaletto: Vista de la entrada al Arsenal (1877), Canaletto: San Marcos, 5 Gentile Bellini: Prédica de Marcos Alexandri, 6 Gentile Bellini: Mehmed II, 7 Fernando Botero, 8 Mark Chagall, 9 Paul Klee, 10 Gropius: Farnsworh House, 11 Retrato del arquitecto Mies Van der Rohe, 12 Fernando Botero: La siesta del Presidente, 13 Richard Serra.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Espejo flotando en el río


Mirar por la ventanilla de la avioneta Cessna que me lleva de regreso a la ciudad es reconfortante y necesario: me deja pensar en el día anterior. A las cuatro de la tarde había dejado al nieto de la actriz Jean Seberg en la piscina del Hotel California. Luego me fui caminando hasta mi propio hotel que quedaba a unos dos kilómetros de distancia, por andenes anchos y senderos tapizados de hojas secas. Allí traté de organizar todo lo que el joven me había dicho pero no pude escribir nada. Me fumé varios Pielrojas con dos aguardientes. Una historia, oculta tras capas de transparencias, me inquietaba más allá del relato que había escuchado del muchacho.

Nos habíamos puesto cita en el restaurante, un lugar de espesos cortinajes, lámparas de araña, meseras con cofia y delantal, mesas austeras y música de clavicémbalo en el fondo.

- No vale la pena repetir lo que ya todo el mundo supone –dijo el joven sin mirarme.
- Eso es importante que se sepa –dije.
- ¿Para usted?
- Tal vez para mí –acepté-, yo fui uno de los miles que se enamoró de su abuela. Pero también para la historia.
- ¿La historia me dice usted? –dijo con desparpajo mirando los platos que acababa de colocar el mesero- ¿usted entonces se cree el cronista de la historia? Perdone pero hasta ahora que sé de usted y si no es porque su diario pagó esta entrevista ambos no supiéramos el uno del otro.
- Se equivoca completamente.
- Vamos, adelante con su soberbia –dijo alzando un tenedor, revisándolo a la luz de las lámparas-, ¿estábamos señalados para un encuentro?
- No.
- ¿Y entonces?
- Hay una diferencia: yo sí sabía de usted.
- Es una diferencia de clase.
- Creo que es una diferencia de conocimiento. Ahora si me perdona comience a hablar, que de lo contrario haré valer las clausulas legales del contrato entre el periódico y usted. Y aproveche su única herencia inmerecida: el recuerdo que algunos como yo tenemos de su abuela.
- ¿Inmerecida?
- Usted no se la merece, es una casualidad y un irrespeto.

El joven no se inmutó, se sonrió mientras comenzaba a engullir el salmón ahumado. Yo hice lo mismo con el pato confitado y lo seguiría haciendo a lo largo de esa conversación: el sorbete de mandarina, la torta de vino, el café expreso, el cigarrillo, el postre de natas con arequipe. Ruun… rot… rot… ruun, la avioneta se deslizaba suavemente por el cielo azul de las ocho de la mañana. Por la ventanilla veía carreteras, arrozales, puentes, haciendas ganaderas, campos petroleros y la inmensa sabana que se difuminaba en el horizonte entre azules metálicos y grises opacos.

- La idea que circuló en la época –dijo separando con el tenedor el blando lomo del pescado con delicada habilidad- es su muerte por afición a las drogas y que murió en la indigencia en una calle de París, algunos dicen que fue encontrada en un basurero. La verdad es que ella fue asesinada por el FBI por sus relaciones de admiración con las Panteras Negras.
- ¿Quiere decir que es falso lo de su adición a las drogas?
- Quiero decir que ella fue asesinada.
- Pero la autopsia de la época evidenció trazas de heroína en la sangre.
- Puede usted agregar trazas de alcohol, sexo desmesurado, todo, pero ella fue asesinada.
- ¿Cómo fue eso?
- El FBI empujó a mi abuela a suicidarse con una sobredosis de drogas –el joven se llevó la servilleta blanca a los labios y me miró a los ojos-. Mi abuela se sentía perseguida, alrededor de ella se había gestado una campaña psicológica desestabilizadora, orquestada contra ella por su apoyo a las Panteras. Hubo momentos en que tenía mucho miedo. Incluso contrató a dos guardaespaldas para que la protegieran porque había recibido persistentes amenazas. Todo esto confluyó en una espiral terrible hasta el fatídico mes de septiembre de 1979 cuando el cuerpo de mi abuela apareció desnudo, envuelto en una manta en el asiento trasero de un automóvil Renault no lejos de su apartamento en París.
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La avioneta se mecía suavemente en el aire como un avión hecho por un niño. Era un aparato en el que cabían a duras penas cuatro personas. El piloto, que tenía tiempo hasta de leer la prensa mientras oteaba el horizonte guiándose por el curso del río, a su lado iba una mujer de pueblo, con ademanes elegantes que tomaba fotos y que, en el momento del carreteo, preguntó por el cinturón de seguridad.

- Aquí no es necesario nada de eso –dijo el piloto escuetamente.

A mi lado estaba una muchacha cachetona y rubicunda que al reconocerme se presentó como sicóloga y lectora de mis crónicas. Me extendió el tiquete para que se lo autografiara.

- Triste historia Gómez –dijo el piloto entregándome sin voltearse el periódico ajado-. Pensar que esa mujer hermosa fuera encontrada muerta en un basurero.
- Sí –dije yo pensando en esa historia que no dejaba de darme vueltas-, eso es muy triste.
- Eso…Me puso a pensar en la vanidad de la vida, en, cómo decirlo.
- En lo efímero de la existencia –ayudé yo.
- ¡Eso! –dijo el piloto sobreponiendo su voz al ruido de los motores-. Y esa imagen queda plasmada cuando usted compara a esa hermosa mujer con una muñeca que las niñas dejan olvidada después de haber jugado con ella todo un día. Eso es la vida. Ese el duro mundo del éxito. ¿La recuerda en Bonjour Tristesse?
- Oh, por supuesto – dije recordando esa película del año 58 -, quién no la va a recordar.

La costa azul. Un elegante salón de baile en la Francia de posguerra, el largo vestido negro sostenido apenas por una cinta, la espalda desnuda, el cabello rubio corto, el discreto lunar, los ojos vivaces inteligentes, la hermosa coquetería, pero también la sombra en el rostro, cuando la orquesta comienza a sonar y en el escenario canta Juliette Greco que le informa, como un augur fatal, que allí en ese momento la tristeza ha llegado y que la felicidad es apenas una ilusión. ¡Buenos días tristeza! Miré el reloj: faltaba todavía media hora para aterrizar.

- Gómez –gritó el piloto desde su puesto-, estos vuelos no son nada sofisticados como ya se habrá dado cuenta y a veces pienso que usted algún día hará una crónica sobre estos vuelos.
- Sí.
- Y eso me da miedo.
- ¿Miedo?
- Es un riesgo. Piénselo desde mi perspectiva. Puedo ganar o perder mis clientes. No se cómo tomaría la gente su crónica. Prefiero que no.
- Entenderá que es decisión mía.
- ¿Por qué?
- Soy libre de escribir y yo pago por el pasaje.
- Nada más que por eso. Usted paga por volar, usted o su periódico, pero no me pagan por escribir sobre mi avioneta.

La muchacha de al lado se despertó con la conversación que se desarrollaba a los gritos. Me miró desde su rostro blanco y sus labios pequeños, pintados como los de una Geisha, hicieron un gesto vago en el vacío.

- Colecciono sus periódicos Gómez –continuó el piloto- aquí llevo varios. Leo sus crónicas con cierta aprehensión mientras vuelo. Lloré la muerte del Don Victo, yo era cliente habitual de su barbería; me enamoré de la joven rubia que fumaba Gitanes y siento nostalgia por la manera como usted relata nuestra ciudad. De hecho sé medir el tiempo de vuelo de acuerdo a los párrafos leídos de sus artículos. Y me da tiempo hasta de subrayar frases que me gustan o frases raras que descubro y rastreo hasta comprobar que no son suyas. Cuando ocurre eso me siento algo más que un piloto: ¡Me siento un ciudadano responsable! Por aquí tengo una crónica suya con una frase espuria.


El piloto me alargó desde su puesto un pedazo de periódico subrayado con rojo bajo la frase: Por la noche camino a gusto por las calles…
- Eso no es suyo Gómez.
- La verdad, no recuerdo haber escrito esa frase.
- Claro que no lo recuerda. Usted se la robó a la escritora brasileña Nélida Piñon, mientras leía alguna de sus novelas.
- ¡Pobre mujer!
- Sí –dijo el piloto gritando - ¡Pobre mujer! Debe en estos momentos estar buscando esa frase debajo de la cama o en algún cajón de su escaparate. ¡Y pensar que usted la tiene!

El piloto soltó una carcajada destemplada, luego la avioneta entró en una breve pero violenta turbulencia, la mujer de adelante me miró nerviosa, mi compañera de puesto seguía pegada a la ventana sin inmutarse. El piloto dejó de toser, salió de las bajas nubosidades que oscurecían el interior del aparato y se concentró en las maniobras de descenso mientras la ciudad se veía en el horizonte como una mancha en la llanura. El sol entró de nuevo a raudales.

Luego del almuerzo el muchacho me pidió permiso para subir a su habitación y al cabo de una hora exacta salió del ascensor luciendo una bata blanca.

- Acompáñeme a la piscina – me dijo con la decisión que se sabe indiscutida.

Allí se quitó la bata que dejó tras de sí en el piso. Desde el borde se zambulló dejando en el aire una estela de agua y nada más. Era como si hubiera ocurrido una ilusión y luego el silencio de las gotas cayendo. La piscina estaba al borde de una montaña que daba al valle, montañas verdes, vegetación espesa, montañas azulosas y verdes en el horizonte. El muchacho reapareció como un pez bruñido por el sol al otro lado de la piscina azul desierta, luego avanzó hacia donde yo estaba, nadando de espaldas en perfecto equilibrio estético; se deslizó de nuevo como una anguila por debajo del agua y se detuvo justo donde yo lo miraba desde el borde. Emergió del agua como una deidad abisal, el cabello rubio se le pagaba en la frente, el discreto lunar; los ojos inteligentes y coquetos; su rostro fino, blanco como el de su abuela, chorreando agua. La lejana sombra era su herencia. De ese rostro yo estuve enamorado cuando era joven como ella, que ya está muerta y olvidada. Ella muerta y yo un viejo. Me preguntó, serio y bello, acodado al borde de la piscina:

- ¿Tiene otra pregunta?

Me demoré un rato en responder, en realidad no pensaba la respuesta, lo miraba y dejaba que el tiempo me regalara el instante de la eternidad allí en el borde de la piscina.

- No –dije disimulando mi temblor- No tengo más preguntas.

Salí. Se le había pagado para que hablara lo que quizás a nadie importaba ya, lo otro había sido ofrecido gratis y era más que sus palabras y las mías. Mi tiempo, la belleza, su tiempo. La transparencia de la piscina que me dejó ver todo aquello que no podía escribir en mi crónica pagada a precio de oro a un muchacho que vivía de su abuela. La avioneta tocó pista en el aeropuerto una hora después de haber decolado. Durante el vuelo me mantuve jugando con un palo de escoba partido por la mitad. Estaba marcado por unas líneas negras.

- Ese es el gasolinómetro, Gómez – dijo el piloto-. Déjelo allí en la solapa de mi silla. Y por favor olvide ese palo, olvide todo, olvide este vuelo.


Recorrí la ciudad como un desamparado. Hacía años no sentía algo así, la ciudad estaba hundiéndose sobre sí misma o yo le estaba dando manotazos furiosos para apartarla de mí. Me había dado cuenta de que un referente que sostenía mi gusto estético por la ciudad se sostenía en Luz, pero ella se había ido a Hungría a estudiar becada. Cuando todos se largan para Londres, Berlín, Nueva York, Milán o Bogotá, ella se va para Budapest a estudiar literatura. ¡Vaya destino! De vez en cuando me envía correos que yo respondo con emoción y de inmediato, luego ella queda en silencio por meses hasta que por fin me envía otro correo, donde habla de la música de Liszt y de sus encuentros con una tataranieta del compositor, cuya mamá parece haber tenido una tormentosa relación amorosa con un contrabandista de esmeraldas; en otros correos me cuenta rápidamente la trama de alguna novela oscura y fría de Imre Kertész, o se dedica a comentar con tranquilo aburrimiento los ensayos literarios de György Lukács, dejando traslucir la ancestral melancolía que heredó de su padre. Luego deja todo en puntos suspensivos con un bueno, hasta aquí viejo, como si hubiera algún contrato entre ella y yo que se midiera por el número de palabras de un correo, cosa que a mi me duele, como me duele su felicidad y esa manera tan fácil de haber encontrado su lugar en el mundo sin mayores sobresaltos, como quien va por un ascensor, dejando pisos y pisos abajo o arriba.

Desde que se fue no he podido acostumbrarme a la ausencia de su voz, que por escrito es otra cosa, como un remedo de ella misma. El último correo, de hará unos dos meses, contaba de un novio, Eduardo, un historiador del arte sevillano de 29 años que se hizo famoso por haber rescatado del olvido un cuadro de Murillo “La Virgen con el niño”, oculto en los fondos del museo municipal de Lier, en Bélgica. Se habían conocido en Budapest en una exposición de diseños, fotografías y pinturas de László Moholy-Nagy. Me dijo, con su desparpajo habitual, que fue sexo a primera vista. Le respondí de inmediato con furia y celos contenidos. Cuidado Luz que allí veo tráfico de armas con el pretexto de cuadros, no termine haciendo el papel de la boba; no se le olvide de dónde viene. Por allá no nos miran como artistas sino como traficantes de algo, así sea de arte o de la madre que nos parió. Sea prudente por favor. Luz no tardó en responder con una carcajada por correo, que es la cosa más grosera y desagradable jamás vista: una vulgar representación digital de la risa, algo así como el beso a un maniquí.

Después de ese correo ha habido un silencio abrumador de su parte y yo, como siempre, temo lo peor por ella.

Encendí un Pielroja y pedí un café en un Juan Valdés del aeropuerto. Esperé un bus que llegó a los cinco minutos. Las noticias que se sucedían en las pantallas del bus hablaban de una explosión en serie de iPods y iPhones en varios lugares de Europa y Norteamérica. Luego la imagen se oscureció y el sonido ambiente del bus dejó escuchar la Suite número 1 de jazz para orquesta de Shostakóvich. Piccolos, oboes, piano, violín, trompeta y contrabajo en un cruce ordenado de armonías que reflejaban lo que veía tras las ventanas: art déco y la geometría cubista en las fachadas, los armarios de los grandes almacenes, los cafés, la gente. Luego el bus entró por los barrios bohemios y la música cambió como el fondo musical de una película vista a través de la pantalla de la ventana. I'm A Fool To Want You, de Billie Holiday, mientras veía pasar frontis rojos, amarillos, verdes, músicos en las esquinas y vagabundos calentándose alrededor de hogueras comunitarias.
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Atrás dejé mi vecindario con la academia de danza, las pequeñas panaderías, las sombrías pensiones que olían a aceite requemado, los cafés que olían a pan desde lejos. Llevaba tanto tiempo en el barrio que muchas veces yo era el encargado de abrir la academia cuando alguno de los viejos profesores no podía llegar a tiempo en las clases de la noche. Dejaba entonces que los estudiantes comenzaran a realizar sus ejercicios de estiramiento en las barras y sobre el piso, luego me iba cuando por fin llegaba un apenado profesor canoso y de gafas, disculpándose con todos nosotros. Algunas noches, abría a hurtadillas las altas puertas de la academia y me paseaba por los espaciosos salones blanco y rosa intentando producir inútilmente algún movimiento de ballet, estirándome en las barras, mirándome en el espejo, imaginando al grupo de estudiantes y dándoles indicaciones precisas. “Oh, no mira, has como yo, observa con atención cómo resuelvo este giro, oh, sí, así va mejor”; luego me tiraba en el piso bocarriba mirando hacia los altos cielorrasos donde había la copia de un mural ingrávido del Tiepolo, hasta quedarme dormido. Muchas de mis grandes crónicas nacieron en el momento en que abría los salones de la Academia, como supongo debió pasar con Degas, clandestino tras los tutús de las bailarinas.

La ventana del bus seguía mostrando la película en tiempo real de la ciudad. Gente saliendo o entrando a cines. Turistas filmando como si la imagen obtenida importase mucho más que la experiencia que estaban viviendo. Estudiantes agrediendo a inmigrantes y grabándolos en su oprobio con el celular, para hacer otro relato de su dulce y permitida canallada. Pantallas enormes en las fachadas, en las esquinas, en los almacenes.

Cámaras por todas partes, allá veo una a la entrada del restaurante libanés, cinco en la iglesia barroca de la Compañía de Jesús, dos en el pasillo de este bus, una a la entrada y otras diez en aquella esquina, en las alcantarillas, en el lobby del hotel, en los pasillos, en los callejones; aquella grabó mi rostro aburrido, hace quince minutos diez cámaras me grabaron fumando y revisaron cuando apagué el cigarrillo contra el piso. Poco faltó para que un altoparlante me hubiera llamado la atención por no haber depositado la colilla en un basurero. Cualquier infracción pone a funcionar la tecnología de esta ciudad civilizada que ya no cabe en sí misma y debe extenderse en pantallas represivas. Trescientas veces somos grabados al día y nadie de nosotros dice nada. Nos quejamos de la polución, de la congestión, de la carestía de la vida pero nada decimos de las trescientas veces que quedamos registrados con las cámaras de la ciudad. Cada paso nuestro es monitoreado desde los celulares por medio de una empresa llamada Sense Networks. Nuestros pasos son un sendero en el mapa de nuestra vida que ellos vigilan día y noche.


La música del bus había cambiado a una canción de Norah Jones. Ella, desde mi asiento y mi dimensión: ojos inteligentes, labios voluptuosos, senos insinuados tras una ligera blusa azul, Waiting, la voz suavemente ronca, la presencia del chelo, una guitarra que juega al fondo, un piano entrando, agudo, juguetón pero definitivo, la sensación de hielo, el chelo otra vez, en ráfagas de viento frío. Afuera de la música, afuera del bus, la ciudad era ahora otro decorado. De un momento a otro había acaecido la noche.

¡Una noche mágica en pleno medio día para los turistas bohemios necesitados de la oscuridad! Las luces iluminaban la catedral como en una obra teatral monumental, el movimiento multicolor de reflectores danzando solitarios en la plaza; miré, desde la ventana, los distraídos e inocentes, en apariencia, músicos callejeros, ¡todo un decorado! ¡Todos especialmente adiestrados para significar! Oh, sí el toque bohemio para los turistas, la música ambiente, las tramoyas, la narración.

Me bajé en la estación de la Plaza Caicedo. Caminé.

A medida que caminaba, la ciudad se desmoronaba en calles estrechas y casas elementales. Atrás iban quedando las avenidas atestadas de autos y los espacios abarrotados de pantallas enormes y pequeñas, retorcidas y planas, que nos miran y miramos, atrás quedaba el Centro del Crimen en Tiempo Real y me iba más allá de la gente que camina sin mirar, más allá de la hiperimagen y me iba adentrando lentamente en lugares donde se ve el sol y a la una de la tarde todo parece quedarse dormido, pues la gente se va a dormir la siesta. Fui entrando tranquilamente en esa ciudad pequeña y tranquila, me recibió un enorme lagarto gris, con peinados encrespados que escuchaba con atención el susurro del viento, animales lejanos que nos miran como iguales en ese mundo perdido de la siesta en donde los seres humanos no corren sino a horas determinadas. Totó la Momposina dejaba oír su voz en una esquina y los niños recogían mangos del piso. Comencé a recordar las paredes blancas, la cenefa roja y las puertas verdes, los tejados y los patios de mi infancia, agucé el oído del tiempo y los ojos de toda mi vida para dar con la casa; allá en medio de la cuadra la descubrí, caminé hacia ella con miedo y aprehensión. Toqué la puerta. Mamá abrió: era la hora del almuerzo y, por supuesto, el negocio fotográfico estaba cerrado. Me saludó con un abrazo largo, el rostro austero. “Hijo”, dijo nada más, eso significaba todo. Papá se asomó desde el cuarto oscuro de fotografía y me vio cuando comenzaba a traspasar el zaguán. Desde el cuarto me extendió la edición de El Tiempo del 30 de diciembre de 1970.


- Hoy murió Sonny Liston –dijo a modo de saludo, atragantado por el pesar.
- ¿De qué murió papá?
- Era morfinómano –dijo desde adentro del cuarto oscuro.

Luego mamá llamó a almorzar. Habían preparado, ella y la empleada, un sancocho de gallina y costilla salada. Había guacamole, abundante yuca, plátano y maduro asado con queso como postre. Comíamos en silencio; la comida era lo mejor que había probado en años, pero papá pensaba en Sonny Liston, como pensó en Felipe Pirela la vez que lo mataron en un casino de San Juan de Puerto Rico, justo un día después de mi cumpleaños número 22. Mamá dijo:

- Bueno, de alguna cosa se tenía que morir.

Pensaba en mamá, en su placer por lo abundante y lo escaso; pensé en papá de quien aprendí el amor por las historias ajenas que a nadie importaban. Así se iba tejiendo y destejiendo esa red de herencias vitales mientras íbamos comiendo ese sancocho. Tiempo después le hice seguimiento a todas las peleas de Sonny Liston, las conservo una a una; entonces, de tanto mirarlas, descubrí un guiño de papá en una de esas peleas. O tal vez un guiño del destino. La pelea en Chicago en 1962 donde Liston tumba a Floyd Paterson después de una perfecta danza en una esquina y una andanada de uppercuts. Viendo detenidamente ese instante descubrí en primera fila a un camarógrafo a quien el nocaut lo había cogido desprevenido mientras filmaba una escena dentro de las graderías. Cuando el árbitro comienza el conteo, el camarógrafo se da cuenta de que algo importante ha ocurrido en el cuadrilátero y gira trabajosamente hacia la escena donde Paterson yace estirado con los brazos abiertos y Liston, como todo un caballero, comienza la retirada hacia su esquina. Luego de ese giro hacia el “lugar de los acontecimientos”, el camarógrafo logra colocar la pesada cámara sobre la lona y comenzar a filmar los últimos segundos del conteo antes de que la esquina de Liston salte hacia el ring. Siempre he querido saber qué filmó ese hombre aquella noche mientras los dos pesos pesados se molían a golpes en Chicago. Ese camarógrafo se parecía a mí, concluí. Esa es mi estética y mi responsabilidad como periodista.

- Sí –dijo papá pensativo -. De alguna cosa se tenía que morir ese pobre hombre.

Cuando acabamos de almorzar papá sacó dos taburetes al andén y ambos nos fumamos dos Pielrojas viendo pasar la tarde. Papá me preguntó cómo me estaba yendo. Yo le dije simplemente que bien. A nuestro lado estaba la enorme iguana gris escuchándonos y mirando hacia la calle. Se parecía a mi abuela por parte de mamá: la cara arrugada, el rostro serio, el mechón gris de su cabello. Pero no dije nada. Al atardecer mamá nos trajo café y se sentó con nosotros a ver la llegada de la noche. Adentro, el teléfono negro sonó varias veces pero ninguno de nosotros se levantó a contestar. Nos gustaba estar allí, en silencio.

Miré de nuevo el periódico: la fecha era del 30 de diciembre y mañana sería 31, vísperas del año nuevo de 1971. Había algo raro en esa edición de El tiempo.

- Liston fue hallado muerto el cinco de enero, papá, luego este periódico es falso.
- Murió hoy –confirmó papá -, pero lo hallarán muerto dentro de seis días, el 5 de enero, vísperas de Reyes.
- Entonces la noticia de hoy no es real, papá. Un periódico no puede adelantarse a los hechos.
- A veces ocurre –dijo papá mirando la calle-. Hoy ocurre eso.
- La noticia es cierta -intervino mamá, mirando al vacío-, ese pobre hombre hoy está muerto misteriosamente. Pero no nos preocupemos por eso hijo.

Los tres nos quedamos en silencio mirando el atardecer y los pájaros que venían a tomar agua en un plato hondo que mamá ponía en la jardinera. Pensé que desde allí mi vida parecía un espejo flotando en el río.

Benjamin Casadiego © 2009
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Imágenes: 1. David Hockney, 2. David Hockney, 3. La actriz Jean Seberg en 1958, el año de la filmación de Bonjour Tristesse, dirigida por Otto Preminger y basada en la novela de Françoise Sagan 4. Transfigured Schönberg, de Dionisio González, 5. David Hockney, 6. Edgard Degas, 7. Eduardo García Benito, 8. David Hockney, 9. World Press.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Gato blanco ojos blancos


La ciudad nunca tendrá ese alivio y resignación de los lugares conocidos: allá donde estaba aquél conjunto de hermosas casitas cálidas y huecos sombríos, esta mañana se ha convertido en una transparencia en azules, amarillos cálidos y ocres desteñidos que parece jugar con el viento; aquél estadio donde tuvimos miedo de la humanidad prehistórica, es ahora una abstracción de formas que bien puede parecer un choque de galaxias. Mirando la ciudad con rumbo a la redacción del periódico me pregunté: ¿Sentirían la misma sensación de evanescencia todos los habitantes o es una condición de mi propio y necesario olvido?

Al llegar al periódico revisé mis crónicas en espera: las que mantenían mi interés y las que fueron languideciendo a medida que el tiempo las aplastaba. De las que iban por buen camino había una inquietante. Supe de ella a partir de una llamada telefónica.

- Hay algo gordo – dijo Luz al otro lado de la línea.
- Ok, escucho.
- Es lo de la caída de Twitter y Facebook, supongo que se enteró.
- Lo supe, pero el mundo siguió y usted sigue perversamente bella sin Twitter.
- Déjese de huevonadas viejo y ponga atención que aquí le voy a plantear un buen negocio. ¿Lo toma o lo deja?
- ¿Cuál es el negocio?
- Escúcheme atentamente que no tengo muchos minutos. Es esta historia servida en bandeja de plata para que usted haga con ella lo quiera y de paso airea sus crónicas con algo del siglo XXI.
- Sí.
- Fue un ataque a las dos redes sociales, como le dije. En un principio se pensó que el ataque iba dirigido contra los propios portales, después la cosa se fue aclarando: el ataque pirata tenía como objetivo un solo hombre, un blogger georgiano conocido como Cyxymu.
- No entiendo.
- Eso no es lo importante y puede pasarlo por alto viejo. Pero el tema es sencillo. Las páginas del blogger recibieron una avalancha de peticiones que finalmente colapsaron todo el servicio. Algo así como si mil niños quisieran hablarle a usted al mismo tiempo.
- Me enloquecería con uno solo.
- Bueno es algo así. Las máquinas para evidenciar la locura se bloquean.
- ¿Cuánto tiempo duró esa humanidad de vagos desconectada?
- Tres largas horas viejo.
- ¿Ya ha hablado con alguien?
- Hasta hace unos días mantuve un contacto por Skype con Antón Nósik, un gurú ruso de la informática. Nósik fue el hombre que difundió a los medios la historia de que un grupo de piratas informáticos rusos asaltaron las páginas de unos bloggers georgianos con motivo del primer aniversario de la guerra del Cáucaso. Él cree que detrás de la ofensiva se encuentra el movimiento juvenil pro-ruso Nashi, que significa “los nuestros”.
- ¿Qué los movía?
- Los ataques podrían ser la respuesta de este grupo radical a las publicaciones de bloggers georgianos, entre ellos Cyxymu, que se ensañaron con críticas duras a la incursión militar de Rusia en Georgia hace un año. Yo no creo mucho en Nósik, creo que él es parte de la cadena. Lo complicado es que no sabemos dónde puede terminar. Ya en julio murió una activista rusa, la encontraron con señales de tortura, los dedos crispados y pelos en las uñas, lo que demostraba una lucha a dentelladas salvajes y desiguales.

Luz se quedó en silencio. Yo también.

- ¿Ya vio la historia viejo?
- Ya.
- Nósik me está guiando hacia los hackers, ¿le interesa la historia?
- Sí.

No hablamos más, el teléfono se cortó de golpe. Desde entonces Luz no da señales de vida. La historia me interesaba pero no sabía bien por qué, tal vez porque Luz estaba implicada. Pero la espera agotaba y estresaba. Por fuera de todo era lunes, la sala estaba atestada de colegas nerviosos, como todo comienzo de semana aquí; miré hacia la ventana, la lluvia había dejado de caer. Decidí salir. Cuando giré mi silla hacia la sala de redacción descubrí que estaba solo y que en algún momento todos mis compañeros se habían marchado, tal vez apresuradamente a juzgar por los papeles regados en el piso, las sillas tiradas, el archivador atravesado y la puerta mal cerrada. Cogí mi sobretodo y salí, afuera saqué un cigarrillo: el fósforo se acercó con un ruido seco al Pielroja sin filtro.


Caminé por la avenida De la Rosa, hendidura verde y negra de la ciudad. Imágenes que vivían un instante y luego desaparecían como llegaban. Madera, hierro, verdores, polifonías, fusiones que explotan en lenguas nuevas, eclosiones de soles lejanos y moribundos: Frank Gehry usó el titanio a falta de acero para hacer aquel museo que danza en medio de la ciudad y que transformó nuestro modo de caminar, ver y sentir, un coloso que cuando llueve se vuelve rojo como un crisol armonioso donde solo hay la tibieza del frio crepuscular. Me dirigí a la barbería de mosaicos azules de don Victo. La ciudad era un hilo de colores, era maqueta, representación, cartón, ficción.

- Gómez –dijo don Victo a modo de saludo, despojándome el sobretodo y colocándolo sobre el perchero. El lugar olía a colonias, talcos y jabones.
- Lo de siempre –dije yo.

Don Victo movió la manivela de una de las tres sillas giratorias, la ajustó de tal manera que yo quedara a su altura, apagó el televisor que estaba sobre un esquinero, prendió la radio Philips que dejó oír aquí donde el mar reluce y sopla fuerte el viento sobre una vieja terraza mirando al golfo de Sorrento, la voz de Caruso; fue poniendo, sobre el mueble blanco: tijeras, barbera y brocha. Abrió un cajón, sacó una toalla que metió en agua tibia, del perchero de la esquina trajo un batín blanco y me lo colocó anudándolo con presteza y exquisito cuidado. Luego rodeó mi cuello con un pañolón blanco y me miró desde el espejo: admiré su elegancia y buenas maneras, la línea perfecta del cabello engominado, el pequeño y cuidado bigote, la piel rosada, saludable, los ojos azules, su hablar pausado, respetuoso, inteligente: un auténtico tesoro viviente de nuestra ciudad.

- ¿Y qué hay para hoy don Victo? –dije.
- Lo que usted ve, la ciudad y la gente – don Victo me puso una toalla tibia en la mejilla para ablandar mi barba incipiente - ¿Y usted, que se trae de noticias, Gómez?
- Desde hace rato hay arrumadas montañas de noticias –dije-, ahora todos estamos como los recicladores en un basurero, peleándonos las noticias con los buitres.
- ¿No me dirá que de esta peluquería no le han salido historias, eh? –Don Victo me hizo un guiño a través del espejo mientras me quitaba la toalla.

En el espejo estaba mi cara. Comprobé que mi rostro era idéntico al de mi padre en el año 48. Eran tiempos difíciles: Un hijo suyo, mi hermano mayor, había muerto en la violencia; el negocio de la fotografía iba mal y mamá se entregaba al silencio. Los pómulos sobresalían y los ojos se veían hundidos, más que tristes desolados, perdidos, extrañados, la cara blanca alargada y un bigotico que supongo se lo arreglaría con esmero antes de la foto que debió tomarla mamá. Parecía un hombre viejo y digno de 60 años, casi mi edad actual. Pero en realidad tenía 40 años. Cuando don Victo comenzaba a regar con la brocha la espuma Gillette hice el ademán de borrar la imagen que tenía ante el espejo.

- ¿Qué ocurre Gómez? –dijo don Victo- ¿Es la espuma?
- Es la foto del espejo.
- No hay foto en el espejo Gómez.
- Es… mi reflejo –dije con molestia-. Reflejos de tiempos difíciles.
- ¿Y qué hay en esa foto? –dijo don Victo con vago interés.
- Es el reflejo de mi padre, por eso la borré. Borré el tiempo don Victo.
- Esos reflejos no se borran así nada más Gómez y ya estamos como viejos para estar pensando en borrar huellas, si nosotros apenas somos una.

Don Victo, en el momento que tenía todos los instrumentos listos para empezar a rasurarme, me miró:

- ¿Se toma un café Gómez? – sin esperar mi respuesta hizo una seña – Lo veo algo bajo de ánimo.
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Del fondo apareció la ayudante con dos tazas blancas, alargadas y pequeñitas, una cafetera de colores vivos: azul mediterráneo y siena. El olor a café dejó una sensación de espesura en el ambiente. La mujer me miró, la radio ahora dejaba escuchar el piano de un danzón de Rubalcaba, la mañana era fría y afuera se veían ráfagas de personas, autobuses, automóviles. La mujer dejó las tacitas sobre la peinadora, me miró de nuevo. Ojos profundos, como una luna llena a media noche, un lago frío sin fondo. El cuello largo como un retrato de Modigliani. Su voz firme, casi deseable, una mezcla de belleza y fealdad al mismo tiempo:

- ¿Con azúcar o con crema? – me dijo.
- Así está bien –le dije.
- Gabriela –dijo don Victo de pronto- puede tomarse la mañana. Muchas gracias.

Gabriela miró extrañada a don Victo y se fue quitando el delantal y la cofia, luego salió en silencio. Yo me tomé el café en silencio, fumé el cigarrillo tranquilamente pensando en los hackers aquellos y en Luz. La imaginé en manos de ese ruso. Povre diabla, grité para mis adentros. ¡Povre diabla!

- Verá Gómez, es algo que he querido hablarle desde hace rato.
- Sí.
- Es sobre sus historias. Para ambos no es un secreto que usted se las ha llevado de aquí. De este recinto.
- Algunas
- La gran mayoría Gómez, seamos realistas.
- No le doy la razón –dije mirándome cómodamente en el espejo-, pero prosiga.
- Y, ¿sabe?, usted llega cada semana, cada lunes y aquí nos encontramos. Usted considera esta visita como uno de sus lujos. Yo también considero la compra del diario como uno de mis lujos. He leído el diario y allí reconozco esa historia que le acabé de contar. Por supuesto no nos decimos nada, pero siento una picazón extraña, como si yo supiera que se anda acostando con mi mujer, pero es tan serio todo que he decidido mantenerme en un campo donde no se sabe nada. Pero usted y yo lo sabemos todo, ¿no es así Gómez?
- Es difícil entender ese ejemplo, don Victo. No sé a dónde quiera llegar.
- Llega un momento en que el marido cornudo decide tomar venganza y planea día tras día una operación perfecta.
- ¿Qué planea hacer?
- Desaparecerlo – dijo Don Victo cruzándose de brazos, como un médico frente a su paciente- es muy del país, ¿no le parece? Algo se nos queda.
- No es que requiera mucha imaginación. Los periódicos le darían buen material de apoyo.
- Eso es, pero no se me ocurre otra cosa. Verá Gómez yo soy hijo de mi tiempo y de mi patria. Y aquí nos desayunamos con un muerto y nos acostamos con otro. Como esa señora que conocí –don Victo comenzó a reírse con finura-; tenía una casa atravesaba por una frontera: desayunaba en Venezuela y dormía en Colombia, ¿no es gracioso?

Don Victo terminó en una carcajada grotesca.

- Matarme de nada le serviría: usted en estos momentos no es más que un número preciso de palabras, escritas a doble espacio y en dos cuartillas tamaño carta de 90 gramos de espesor.
- Perdone, pero no le entiendo Gómez.
- Usted en estos momentos es una de mis crónicas que ahora en tiempo real lee alguien en un café o en el banco de un parque rodeado de palomas.

Don Victo sacó de su estuche de anigre una antigua navaja de afeitar forjada en acero, la blandió en el aire, vi el sueño fugaz de una espada de Damasco, el fino dibujo en arabescos de la hoja y el reflejo, desde el espejo, de un haz luminoso que acuchilló el aire.

- ¿Esto le parece una simple palabra? – dijo sonriendo enigmáticamente- Esto Gómez puede atravesarle el cuello en el momento en que yo lo decida.
- Esto es una palabra que alguien leerá y luego botará al cubo de la basura, como es basura cada palabra que ha dicho si antes no ha pasado por el tamiz de mi lenguaje escrito. No crea que alguno de mis lectores se va a acercar a esta barbería a buscar el origen de las historias que leen semanalmente. ¿Sabe por qué no? Porque se van a encontrar con un mecanismo imperfecto, inferior a la narración que han leído. Prefieren quedarse con una historia escrita que con una vulgar historia oral de peluquero.
- Le corrijo –dijo don Victo blandiendo la navaja-, no soy un peluquero, soy un barbero y a mucho honor.
- ¿Sabe? Voy a contarle esta instructiva historia don Victo. Una vez unos estudiantes del Laboratorio de Inteligencia Artificial de Standford convidaron al escritor Isaac Assimov a que presenciara los avances en robótica. Assimov agradeció el gesto pero declinó la invitación arguyendo simplemente que prefería los robots que él se inventaba en sus cuentos y novelas: lo suyos eran perfectos, los otros eran reales y por lo tanto aparatosos. Todo este negocio de la ficción es eso: a nosotros no nos interesa la realidad, no interesa de la prensa ese halo de ficción que tiene la vida. Nadie busca la verdad en un periódico, nadie quiere encontrar historias reales. Nos interesa creer que la vida es tan real como los cuentos. Siempre ha sido así desde el comienzo de la humanidad.
- Muy bien dicho Gómez, precisamente allí estará su muerte –dijo don Victo saliendo al paso a mis argumentos-. Al ser una historia nadie vendrá a salvarlo. De acuerdo: Usted y yo somos una ficción, esta navaja es una ficción. Es eso. Pero al ser usted un relator quiero decirle esto: usted tampoco tiene rostro. Al lector no le interesan los rostros, le interesa la historia y luego tiran el papel. La humanidad es desagradecida, ¿o pragmática Gómez? Usted puede morir aquí con este cuchillo atravesado en la garganta que es palabra y nadie va a venir a ayudarlo en este momento porque ambos somos una ficción.


Don Victo continuó bajando cuidadosamente la navaja por mi mejilla, dejaba en una jofaina de peltre la espuma moteada con mis pelillos y volvía lentamente sobre mi cara, el mentón, el bozo y luego un giro suave en el aire que indicaba que la segunda parte del ritual estaba llegando a su fin, una vuelta en el espacio que don Victo ejecutaba con maestría de bailarín. Yo sentía cada meneo siguiendo el movimiento de sus manos. Me pasó otra toalla perfumada y cálida. Frente a mi tenía un rostro limpio, blanco y huesudo. Como el de mi papá en el 48, pero ahora yo me merecía a ese rostro: ya tenía edad y memoria suficiente para ser un infeliz. Por último don Victo se untó las manos con colonia Old Space de Shulton y la pasó cuidadosamente por mi rostro y por el cuello. Ambos quedamos mirándonos en el espejo. Don Victo sostenía la navaja.

- Qué tal.
- Perfecto Don Victo. Es usted un maestro.

Hice el intento de pararme pero Don Victo me detuvo suavemente con un toque en mi hombro derecho.

- Espere Gómez que aun falta un retoque. Le propongo un negocio –dijo arreglándome con esmero y delicadeza el cuello de la camisa-. Un duelo.
- No entiendo bien don Victo –dije intentando levantarme.
Don Victo posó de nuevo la mano sobre mi hombro dándole un poco más de presión, algo apenas perceptible pero real y diferente entre uno y otro momento.
- No está el día para afanes. Piénselo, un duelo. Si yo gano pasaré de relator de historias a escribidor de esas historias.
- La escritura no lo hará mejor don Victo –dije yo tratando de detener esa locura que se venía encima-, antes peor, lo llevará a los laberintos de la desmemoria.

Me vi perdido en una tarde estival egipcia, afuera el Nilo buscaba la noche guiándose con los últimos rayos del sol. Theuth, padre de las letras, comenta las bondades de la escritura ante el rey Thamus diciendo que ella nos haría más memoriosos, a lo que el viejo rey respondió con escepticismo: “Es olvido –dijo- lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria.” Me dije que el tiempo va y viene como olas, como fotos de un álbum viejo, somos la arena del desierto, que se mueve eternamente y en cada movimiento cambia el dibujo pero el desierto sigue igual que hace miles de años: seguimos siendo tiempo y más tiempo sin respuestas y sin fin. Indestructibles como un grano de arena, móviles como una duna en el desierto. Éramos un dialogo inconcluso nacido a orillas del Nilo y retomado aquí en esta barbería del centro, nada faraónica por cierto.

– Vaya usted y mire la montaña de basura que dejan los periódicos todos los días –le argumenté inútilmente a don Victo-, salga a la ciudad y pregunte a los lectores si recuerdan algo de lo que leyeron, es más no tiene que preguntar nada: la prensa está llena de historias repetidas que se olvidaron la semana pasada.
- Todavía no me ha respondido Gómez, ya no estamos para retórica: el tiempo nos pisa los talones.
Miré su gesto acezante tras sus ojos inyectados de sangre pesada; el gesto amable de don Victo había desaparecido como cuando la luna llena se oculta tras una nube.
- De acuerdo –dije sin comprender exactamente lo que decía porque no había que comprender nada.


Don Victo, tan bien peinado y tan perfectamente educado, como los viejos tradicionales de nuestra ciudad, lanzó un fuetazo con la navaja que pasó silbando cerca de mi cara, yo sin navaja asía algo en el aire que tal vez era la palabra de algo cortante. Embestí sobre el cuerpo de Don Victo como un toro sobre la ilusión movediza de un color rojo, por supuesto me esquivó y fui a dar de bruces contra una silla giratoria que tumbó uno de los muebles blancos. Jabones, colonias, toallas, frascos cayeron al suelo con estrépito, como la señal de que estaba iniciando algo serio: jadeo, silencio, zumbar de respiraciones y miedo. Desde el mosaico del piso ajedrezado recibí dos patadas que sentí en mis costillas como un hierro caliente, tirado en el piso apenas logré mantenerlo a raya hasta que logré incorporarme. Una vez arriba le asesté con ganas dos puñetazos seguidos en la cara, dos auténticos uppercut hacia la quijada, otros dos a la nariz y los ojos, como los de Sony Liston que tiraron a la lona a Floyd Paterson en Chicago; sentí, sin orgullo, el dolor en mis puños; la nariz de don Victo comenzó a sangrar, los ojos eran una mancha de sangre, pero nada parecía amilanarlo y como un robot enloquecido arremetió con la navaja de nuevo: salté hacia atrás demasiado tarde, de un envión logró atravesar la camisa a la altura del pecho, no hubo un dolor evidente, salvo la calidez de la sangre que manaba de mi cuerpo, me inquietaba la cercana cara ensangrentada de don Victo, esa cara agarrada por la furia y el miedo, una furia y un miedo lejanos, más allá de nuestro propio tiempo. Un espejo cayó y se hizo trizas, por un instante vi la vieja peluquería en fragmentos de espejo. Jadeando en silencio como fieras nos fuimos saliendo del rincón, nuestro odio era puro gesto; yo iba en franca retirada buscando aire y claridad. Dos viejos testarudos y agotados nos liábamos en una lucha por la palabra, imaginé la ciudad que ya no sería la misma para mí a partir de ahora, imaginé los lunes que ya no tendrían el olor a Old Space de Shulton, ni las toallas calientes, ni la navaja que ahora don Victo alzaba desde arriba para romper el saco viejo que era mi cuerpo y recuperar para él el arte de la escritura y con ella mis lectores. Tropecé con una silla, caí al suelo de nuevo entre maldiciones. Comencé a arrastrarme manteniendo la visual de esa sombra intensa y siniestra en la que se había convertido don Victo, tiré el viejo televisor en blanco y negro en mi afán por agarrarme de algo, hubo una explosión de humo blanco y ruidos metálicos, lo que me sirvió para mantener a raya a ese hombre que jadeaba y lanzaba cuchilladas enloquecidas al aire. De pronto escuché un golpe seco que rasgó el aire, vi cuando don Victo se derrumbaba y caía pesado, definitivo sobre mí, la navaja a un lado, muerta como la mano que la sostenía débilmente, la respiración que ya no lo era en sentido estricto, sino un borboteo de sangre espesa y su voz final, su reclamo inútil: “Son las palabras las que sangran –dijo pesadamente-, no las heridas, eso lo escribió usted la semana pasada Gómez, ¡maldito! ¡Oh!…”, pero esa sangre cálida de Don Victo se colaba por el tejido de mi camisa, buscaba mi pecho y se aquietaba en mi cuerpo demostrando en silencio que yo a veces me equivocaba pues su sangre era tan real como estas palabras.

- ¡Salgamos de aquí viejo! – oí la voz de Luz.


El cuerpo de Don Victo se aplastaba como una larga bolsa de espesos líquidos y órganos que se comenzaban a hinchar lentamente, la muerte era una ilusión, pero era lo único explicable en ese momento. Yo, que estaba vivo, no tenía explicación. Como pude me escurrí debajo del bulto sanguinolento en que se había convertido don Victo, al rodar se oyó un golpe sordo, me asombró lo inútil y quieto, por fuera de toda duda, en que se había convertido don Vito en un segundo, después de las ganas de vivir que tenía hace un ratico ¿A qué pendejada le había apostado esta mañana? ¿Qué ideas de grandeza absurda aguijonearon su sueño? Allí estaba, entregado inerme a otras vidas que comenzaban a pulular por sus tripas y órganos.

- ¡Apure pues! –gritó Luz nerviosa.

Me levanté y corrí saltando por entre sillas y frascos, rescaté el sombrero y la gabardina que colgaba del perchero. Recuerdo que en la emisora sonaba Sur en la voz Susana Rinaldi con música de Astor Piazzola. Luz me esperaba ansiosa desde la puerta mirando a un lado y otro de la calle. Emprendimos carrera por los estrechas calles del barrio Chino, a nuestro paso dejamos regadas varias canastas con frutas, pan y pescado, detrás sentíamos los pasos de gente que nos seguía. Ruidos de sandalias sobre el adoquín, bambúes, voces chillonas en chino, gente enfurecida. Humo, olor a guiso y hervidos. Luz y yo corríamos agarrados de la mano; por un buen trecho ella llevó la delantera, en algún momento pensé que era la primera vez que salíamos a la calle cogidos de la mano, pero me arrepentí de haber pensado algo tan absurdo en esos momentos, a punto de que una multitud de comerciantes enfurecidos nos linchara e hiciera longaniza con nosotros.

- ¡Por aquí!

Bajamos corriendo unas gradas de ladrillo viejo y húmedo, resbaladizo, bordeamos los callejones hediondos paralelos al río y llegamos al muelle, los sampanes se mecían con las olas espesas y barrosas, saltamos hacía un bote que se tambaleó con nuestro peso, Luz le puso la pistola en la nuca a un viejo que dormitaba en la lancha.

- ¡A la otra orilla ya! –ordenó.

El viejo salió del sopor y entró de inmediato en el estupor lento, apenas dudó un instante antes de levantarse y arrastrarse hasta el motor. En vano intentó prenderlo al primer impulso.

- ¡Muévalo pues anciano! –gritó Luz señalando con la pistola hacia la otra orilla.

El hombre estaba bloqueado por el pánico, Luz corrió hacia el motor, jaló de la cadena, vi a ambos manipulando la máquina. Al fin la lancha prendió motores justo en el momento que llegaba al muelle un grupo de chinos con sombreros de paja, armados de varas de bambú y sogas para amarrarnos. La lancha giró veloz hacia la otra orilla, de vez en cuando el viejo nos miraba hacia atrás con miedo y furia, a nuestro paso se formaban olas por el tráfico intenso de esa hora; hubo un momento en que la lancha estuvo a punto de zozobrar al final de una comba de olas que había dejado un barco de turismo. Luz gritó, nunca la había visto gritar de miedo, pero el viejo logró maniobrar con destreza y la lancha logró salir del reflujo, ahora enfilaba tambaleándose hacia la otra orilla a toda velocidad. Minutos después comenzamos a ver la silueta del centro: la cúpula de la catedral, los viejos palacios, los edificios modernos, el puente colgante de la bahía y sin disminuir la velocidad fuimos llegando al muelle.

- Pobres tipos, con esas varas, se veían ridículos los malparidos – dijo Luz con el rostro encendido cuando bajó a toda de la lancha.

Corrimos una cuadra exacta por la cuesta de la avenida Virtudes y luego comenzamos a caminar disimuladamente, ya sueltos de las manos. Jadeábamos. Nadie nos miraba, los transeúntes vestidos de trajes negros y maletines ejecutivos caminaban de prisa por los amplios andenes y las cebras, el ruido espeso de la ciudad se sentía de manera rotunda. El tren elevado pasó en ese momento en silencio y repleto, un grupo de turistas tomaba fotos a la catedral de St. Paul. Nos metimos en el bar del Hotel Astoria. A Luz le brillaba el rostro moreno. Era sin lugar a dudas excitante: su respiración agolpada, su color, su ansiedad por algo tan lejano como un asesinato. Me sentí culpable, yo la había metido en todo esto.


- Un café y un granizado de mandarina – le dije al camarero cuando llegó.

El camarero nos miró extrañados. Entonces me di cuenta de que Luz había llevado la pistola en la mano durante la huida y que ahora estaba aferrada a ella como un talismán. Era una vieja Tokarev de fabricación rusa. Le hice una seña. Instintivamente guardó la pistola en su bolso hindú de color azafrán.

- La policía acaba de leer esto y puede llegar en minutos –dijo Luz.
- La policía no me preocupa.
- ¿Qué le pasa? –dijo Luz- ¿quiere que acabemos nuestros días en una cárcel?
- Nada de eso.
- ¿Y entonces viejo?
- Es que cuando traspasen la puerta de la peluquería ya serán ellos mismos una hoja de papel periódico.

Luz se rió, yo también. El mesero trajo el café y el granizado, al depositar la taza me clavó los ojos negros. Yo miré a Luz que estaba absorta sorbiendo el granizado, mirando ya hacia otro lado del bar, hacia esos puntos inaccesibles donde ella suele retirarse. Nada en su cuerpo y su mirada denotaban los acontecimientos que nos unían en ese instante.

Desistí de mirar hacia donde ella miraba, era inútil, se había ido; una mujer de falda larga se sentó a la mesa de al lado. Cruzó las piernas en silencio, abrió un maletín Totto y sacó un paquete de cigarrillos. Yo saqué mi cajetilla de Pielroja y fumé, en un momento nos miramos a los ojos. Los de ella parecían los ojos blancos de un gato blanco, profundos y salvajes. Afuera, detrás de la ventana, la ciudad. Ondulaciones blancas, azules, deformaciones, velocidades y fugacidades que iban buscando el abrigo de la noche.

- ¿Cómo llegó hasta la peluquería Luz?

Luz pareció despertar de un profundo letargo.

- Estaba en el kiosco de periódicos leyendo su crónica. El tipo no me cobra por ojear la prensa.
- ¿Y por qué lo hizo?
- ¿Hice qué viejo?
- Salvarme la vida.
- Nada de altruismos viejo: me motivó una cuestión bastante práctica como podrá ver. Si usted muere yo también desaparezco viejo.
- ¿Y de dónde salió la pistola? ¿Se la pasó el ruso?
- Es de Cyxymu, el georgiano.
- ¿Está saliendo con ese tipo Luz? –confirmé.

Luz me miró con una sonrisa tranquila.

- Me voy viejo, gracias por el granizado.


Luz se fue. Me tomé otro café, la mujer de ojos blancos seguía en la mesa de al lado mirando lejos, yo sentía un cansancio fatal y desmedido, debajo de la gabardina sentía las huellas de la sangre seca, su olor dulzón y podrido salía a bocanadas de vez en cuando, era como un despertador que avisaba el destino; entré al baño, allí revisé mi herida en el pecho, ya no sangraba y no parecía grave, pero me ardía, me lavé con agua y jabón, sequé con servilletas. En ese momento tuve conciencia del dolor que había estado agazapado en algún pliegue de mis sentidos. Un hombre me miraba a través del espejo mientras orinaba. Salí de la cafetería y comencé a buscar un almacén de ropas, entré a un Everfit que encontré dos cuadras más adelante. El dependiente me mostró varias camisas mirándome de arriba para abajo, escogí una azul y me decidí rápidamente por un pantalón gris, entré en el vestidor, allí revisé de nuevo mi herida y me toqué las costillas, solté un quejido apagado. Me cambié la ropa con celeridad, en la bolsa del almacén embutí la ropa ensangrentada, pagué en efectivo ante la eterna mirada extrañada del vendedor, ya en la calle arrojé la bolsa a un contenedor de basura. Decidí caminar a casa, caminé creo que una hora, después me senté en una grada de la Biblioteca Nacional a descansar, el tren elevado pasó en silencio, iluminado y vacio, a lo lejos se escuchó una sirena. Muy cerca, el teléfono de una cabina pública sonaba desde que me senté en las escalinatas. Sonaba varias veces y se cortaba, luego comenzaba de nuevo, 15, 20 veces. Me levanté, alcé el auricular y dije:

- ¿Hola?
- Hola.
- ¿Si?
- ¿Cómo supo que era yo, Gómez?
- ¿Y usted? –dije al reconocer la voz de Bruno- ¿cómo lo supo?
- Estos son sus sitios Gómez, solo basta leer sus crónicas urbanas.

Se oyó la risa de Bruno.

- ¿Supo lo que pasó hoy?
- ¿Lo de hoy?
- Hubo un atentado esta mañana, justo cuando usted estaba mirando por la ventana.
- No.
- Lo mataron. Este país se jodió Gómez –dijo Bruno con patetismo- Nos jodimos, estamos nadando en la mierda.
- Si lo mira bien, nos queda un consuelo.
- ¿Cuál Gómez por Dios?
- El muerto de mañana será mejor. Por eso nunca dejaremos de matar, buscando el muerto del mañana.
- Sí.
- …
- ¿Dónde andaba cuando ocurrió el atentado Gómez?
- Supongo que mirando por la ventana, tal vez más allá de la ventana.
- Imagínese, usted mirando por la ventana y la noticia a espaldas suya. ¿No le parece paradójico?
- Sí.
- Bueno, no lo llamaba para joderlo con su descalabrada ética profesional. Paz por el día de hoy. Lo llamaba para felicitarlo por la historia de hoy, es que Gómez, uno se estresa con tantas muertes y en sus historias uno encuentra un alivio, aunque casi me lo matan en la de hoy, ¿no Gómez?
- Sí, estuve a punto.
- Verá, en un momento me sentí aliviado, me dije, bueno al fin se nos va este Gómez, un digno final para un periodista de su estirpe, en lucha por la palabra escrita. Pero luego me entró la nostalgia y empecé a pujar porque la suerte se revirtiera. Por fortuna todo terminó bien. Pero, ¿sabe?
- ¿Sí?
- Después me entró nostalgia por el barbero, uno no se entiende, ¿no Gómez?
- Así es.
- Porque yo era cliente de ese hombre, ya no quedan en la ciudad de esas barberías, con los adminículos y utensilios tradicionales: las jofainas, las lociones, las toallas, esas viejas canciones y, lo mejor de todo, la conversa. ¿Sabe una cosa Gómez? Yo acudía allí todos los lunes por la tarde. Usted era el de las mañanas. Yo nomás entraba y me colocaban la toalla decía las palabras mágicas: “Y bien don Victoria, ¿con qué nos salió Gómez esta mañana?” Y don Victoria comenzaba a contarme con detalle su vida Gómez. Yo anoté todo, tal vez escriba un libro sobre usted Gómez.

Colgué. Sentía punzadas dolorosas en las costillas; y en el pecho había trazada una ligera línea de calor y humedad, era como una frontera entre una vida y otra, entre un tiempo y otro. Las calles estaban vacías y entendí que la poesía de la soledad no era otra cosa que un toque de queda. Caminé solo durante un buen trecho, al rato me di cuenta que desde hacia rato me seguía un gato blanco de ojos blancos. La noche era profunda y callada. La lumbre del cigarrillo iluminaba mi rostro. Recordé una línea de Murakami: La guerra no es más que una de las muchas cosas que pueden ocurrirle a uno.

Benjamin Casadiego © 2009


Imágenes: 1. Frank Gehry: Museo Guggenheim Bilbao 2. Serpiente Azteca MAM Nueva York, 3. Peluquería Monares, Madrid, 4.Andy Wharol: Knives, 5. Máscara azteca, MAM Nueva York, 6. Sony Liston vs. Floyd Paterson, Chicago 1962, 7. Beatles: Abbey Road, 6. Horst P. Horst: Corsé Mainbocher, 1939 7. Georg Baselitz

lunes, 5 de octubre de 2009

St. Louis Blues


La ciudad vista desde el piso 40 del Blue Hotel era un pozo extenso de líneas y ruido encajado donde la voz humana era galvanizada por acero, concreto y asfalto. Un río ancho la cruzaba de norte a sur. La ciudad, o todo ese grupo de seres solitarios conectados y comunicados, segundo tras segundo, se perdía en el horizonte entre el verdor de las fronteras rurales y el azul denso del cielo y las montañas. Desde arriba y desde mi ventana no se veía la pobreza, pero estaba allí, escurrida entre calles y callejas.

Acabé de tomarme la naranjada del desayuno, despaché mi café mirando ese espacio del cual tenía algunos recuerdos visuales, (la iglesia de la Sagrada Compañía, la nueva estación de buses, por una foto, y algunas calles que desde mi balcón no podía distinguir) encendí mi segundo Pielroja de la mañana, solté la bocanada hacia el aire frío y dejé que el teléfono de la mesita de noche sonara cinco veces antes de decidirme a contestar, al sexto timbre me levanté de mi silla tranquilamente, al séptimo descolgué el auricular negro. No alcancé a pronunciar palabra cuando tronó la voz de Xavier, el editor en jefe:

- Gómez.
- Sí.
- ¿Sigue en el hotel? –preguntó con pesadez.
- Creo que sí –dije mirando mi habitación, las paredes color curuba, la reproducción de un cuadro de Renoir que colgaba encima de mi cama, el balcón donde acababa de estar y concluí:- estoy en el hotel, este es el hotel aun.
- Bien, –dijo Xavier ahogado –, debe salir de allí de inmediato Gómez, hace media hora que comenzó la Primera Manifestación Nacional por el Derecho de los Hombres a una Vida Digna en Sus Hogares, la PMNDHVDSH.
- Señor –dije acariciando el Renoir: las mejillas encendidas de la señora y su hija, el sombrero púrpura, las flores en el cabello de la niña, el jardín con lago al fondo-, estaba respondiendo su pregunta.
- ¡Salga ya del hotel y métase en esa manifestación histórica de una vez! –ladró Xavier -. Afuera lo espera Quintín el fotógrafo. ¡Recibo sus noticias para antes del cierre de edición! Recuerde Gómez lo que dije cuando lo mandé a la misión: ese mitin multitudinario es la evidencia más clara de la hipermodernidad, me interesa su punto de vista…

Colgamos al mismo tiempo, se oyó un golpe seco. No escuché sus pensamientos y las palabrotas que siguieron a ese golpe seco: es imposible ser mejor de lo que somos y un periódico no es más que eso, un papel por el que se lucha todo el día, un papel regado de tinta que al final de la tarde, al final de la lucha, es una piel arrugada, un periódico de ayer, un espléndido fracaso.


Me preparé para salir. Limpié mis orejas con cuidado y placer, una operación que vengo haciendo desde que recibí mi primer sueldo en un periódico de provincia y pude darme varios lujos, entre ellos la caja de copitos Johnson & Johnson. Boté los copitos en la papelera del baño y me miré al espejo antes de dejar la habitación: era un rostro huesudo y agudo el que me miraba sonriente y tranquilo; mis cejas habían crecido y mi cabello seguía siendo, a pasar de los años, saludable y negro, como el de mis papás, abuelos y tatarabuelos, tal vez porque todos lucíamos sombreros desde jóvenes. Me rocié sobre el cuello un poco de Agua Florida de Murray y Lanman, mitad por su perfume, mitad para la buena suerte y peiné mis cejas.

Bajé en el silencioso ascensor, en la recepción pregunté a la chica, una rubia alta de labios pequeños, por el recorrido de la PMNDHVDSH y me miró sin articular respuesta, sin embargo recibí dos recados de ella: dos mensajes de Xavier. ¡Pamplinas Pamplona!, dije para mí. En la sala de espera, enfundado en saco negro, aguardaba Quintín el fotógrafo, hojeando revistas y acabando un café.

- Nos vamos Quin.
- ¿Ya tomó café Gómez? –Quintín dejó el pocillo sobre la revista, desde mi altura veía los bucles de pelo negro, luego me miró: ojos negros pequeños, nariz aguileña y la expresión seca.
- Ya.

Desde al amplio andén del hotel alcé la vista con intención de descubrir el balcón de mi habitación, no hubo necesidad de esforzarme mucho pues me vi en la hilera final de balcones, justo debajo de la letra B de Blues Hotel cuyos bombillos iluminaron mi cuarto de manera intermitente toda la noche: me vi arriba mientras ese otro, que tal vez era yo, se perdía oyendo la ciudad, viendo el trazado de líneas como una abstracción de sus sueños. Yo abajo, comencé a ser parte de ese ruido denso que se lo tragaba el concreto, el asfalto y el acero, fui la ciudad en ese momento, un poco poderoso, un poco perdido, un poco la gran ciudad, parte en fin de una masa que desaparecerá en el día y volverá a ser una continuidad azulosa a la distancia.

- ¿Dónde se concentrará la PMNDHVDSH, Quin?
- No hay sitio Gómez, eso es lo que he sabido.


Mala cosa, pasé la mano por el cuello, olí rastros de colonia en mi mano, mala cosa andar la ciudad con Quin, un tipejo que solo toma las fotos que le encargan y que no suelta nada más que asuntos de trabajo. Creo que hasta un gato tendría más interés. En medio del andén me detuve a mirar el mapa de la ciudad; Quintín mientras tanto encendió un cigarrillo y me ofreció otro. La brisa fría hacía que el mapa se doblara, nos acercamos a una pared donde había un león de mármol parado en sus dos patas, era la oficina de correos, justo al lado del león pude desplegar el papel y conseguí ver la línea larga que cruzaba la ciudad de suroriente a noroccidente en una diagonal perfecta y las rutas que confluían en un gran cuadrado: la plaza central me dije, entonces vamos para allá. Ahora estamos sobre la M32, para llegar a la OM46 tendríamos que caminar cuatro cuadras y allí cogeríamos un transporte público que nos dejaría justo en la Plaza de los Mártires. Era fácil suponer que en esa plaza se encontrarían los manifestantes del PMNDHVDSH. Quintín miraba para todos los lados sin expresión en los ojos, sin agudeza por encontrar algo, solo esperaba mis órdenes, pobre diablo. Uno es lo que es.

Nos fuimos entonces para la OM46. El recorrido se fue llenando de colores y ruidos. Aleteos de palomas grises llegando a los frontispicios de viejas mansiones ocres, el ronroneo de un gato gris sentado sobre las piernas de un ciego que no vi, pero que existía tras las paredes azules del quinto piso de un edificio de apartamentos; el ruido seco de una campana tres cuadras hacia el occidente, el interior de la iglesia: dorado envuelto en humo de velas e incienso; el paso circular de un paño amarillo sobre una ventana; la frenada de un coche a dos kilómetros de allí. Luego la esquina, el color rojo y azul de la estación y un bus blanco que se detenía suavemente, la puerta se abre justo al frente mío, Quintín y yo entramos. La línea de autobuses de la ciudad es, ustedes ya lo saben, un lugar de historias móviles.
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Adentro una señora con una canasta de mercado en las piernas miraba por la ventana, un hombre anciano y de cabello lacio miraba al vacío con el mentón apoyado en un bastón de madera roja lacada, dos muchachos jóvenes leían un libro en silencio, un niño y tal vez su papá con los ojos cerrados dejaban ir la mañana; una mujer de rostro quemado y ajado miraba en dirección al chofer, los niños que estaban en su asiento, al parecer sus hijos, miraban por la ventana colocando las manos sobre los vidrios, señalando lugares de interés. Quintín y yo. Esos éramos quienes estábamos en ese momento en el bus.

En la siguiente estación se subió solo un hombre que llevaba un ratón blanco en una jaula, tenía el cabello pintado de azul y una barbilla al estilo Gorki. La mayoría de puestos estaban desocupados pero el hombre de las sandalias de cuero no se sentó y se quedó de pie agarrado a las manijas que colgaban del techo luego de haber intercambiado palabras breves con el chofer. No bien el bus arrancó el hombre comenzó a hablar sin carraspear.

- No vengo a interrumpir su valioso tiempo, damas y caballeros –dijo-, tampoco vengo a sonsacarles el mucho o poco dinero que tengan en sus miserables bolsillos, nada de eso. No soy aquél que viene de una bodega de la zona franca para venderles exprimidores de limones o cuchillos especiales para tajar rodajas de piña. No les vengo a vender baratijas: eso nunca, por respeto, ante todo, a mí mismo. Yo les vengo a vender sensaciones. Esta vez les venderé la sensación de sentirse mirados. Señores y señoras he aquí al Señor Mauricio, el ratón que mira, ¡el ratón que nos mira!

Miré al ratón que jugaba ágilmente sobre una rueda como si no hubiera otra cosa qué hacer en la vida, luego se detuvo y comenzó a mirarnos. La sensación era, en efecto, de sentirse observado. El hombre continuó su historia.
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- Este ratón venerable hacía parte de un selecto equipo de Científicos del Laboratorio Nacional del Departamento de Energía y estaba generando información valiosa relacionada con conductas de aprendizaje y desatención que pudieran aplicarse en la vida humana, sobre todo en niños con dificultad de atención, eso que llaman con rimbombancia déficits de atención, o TDAH, para referirse al aburrimiento de los pobres niños de hoy día frente a la aceleración de la desaceleración en reversa y hacia adelante. Porque el mundo va a una velocidad y ellos a otra.

El ratón se fue a una esquina de la jaula, allí escarbó algo, luego se paró sobre las dos patas, tocó el techo de la jaula y de un salto ya estaba sobre la rueda, corriendo de nuevo.
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- El experimento iba muy bien pues el científico encargado de vigilar los movimientos del Señor Mauricio había logrado descubrir un desequilibrio en los neurotransmisores, es decir, los compuestos encargados de transmitir señales nerviosas en el cerebro. Para quienes todavía no han cogido el hilo de la historia por el derecho, nuestro señor científico estaba en proceso de separar las rutas neuronales que interrumpían y hacían olvidar órdenes decisivas para una vida en sociedad como: ¡A bañarse ya! ¡Hora de hacer las tareas! ¡No más internet por hoy! ¡No más juegos por esta semana! ¡Apaga el televisor! ¡A dormir! Esas desatenciones que causan tanta desazón en hogares y escuelas, sean estas públicas o privadas.


Desde la ventana del autobús el día parecía desaparecer engullido por una aspiradora, las nubes se alargaban, se encogían, las sombras pasaban veloces, amplios espacios se iluminaban, los frontis de las edificaciones se aplastaban en colores y algunas veces reventaban hasta volver a languidecer. Mientras, las cosas seguían donde estaban y las personas se envejecían un día más de su vida.

- Por supuesto, el equipo apuntaba a algo más que a un informe para Nature o la Revista de la Asociación Médica. El experimento se había convertido en una prioridad de Estado hasta el punto de rozar los límites de la seguridad nacional: la idea era intervenir niños desde el vientre materno. ¿Qué quiere decir esto? Así de sencillo: la tarea secreta era poder actuar en los seres humanos desde el útero: crear individuos que no pusieran problemas para ir a bañarse, apagar el televisor, ir a dormirse, sentarse por horas en un salón de clase, seres sin preguntas, sin dudas, sin odios y, fundamentalmente señores y señoras, sin mirada. Niños bien educados.
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De nuevo la rata dejó de mecerse y comenzó a corretear algo por la jaula, después se detuvo de un salto y nos miró a cada uno de nosotros con atención. Yo me sentí imaginado y creado por una rata. Creo que todos los pasajeros nos sentimos así.

- Los científicos para tal fin –continuó el vendedor-, estaban utilizando una forma sofisticada de escáner, llamado tomografía por emisión de positrones (TEP), con el cual pudieron analizar la forma como los cerebros de varias ratas manejaban la dopamina, un compuesto químico cerebral que es un regulador muy importante del estado de ánimo. ¿Saben en qué profundidades buceaban estos preclaros científicos? Claro que sí, ustedes lo acaban de adivinar: en las oscuras zonas del núcelo accumbens y el mesencéfalo, nada más y nada menos, señores y señoras, donde nacen las emociones y las sensaciones, la motivación y la recompensa. En una palabra: ¡en el origen de la civilización!

Miré las calles, todo normal, no parecía el gran día de la PMNDHVDSH, tal vez nos habíamos equivocado de fecha.

- Entonces algo pasó –dijo el hombre del ratón blanco- y el experimento fracasó… por ahora…


Desde la ventana del autobús olía a fresa y el tiempo era gris, vi un café solitario, más adelante un grupo de ejecutivos de corbatas azules y grises emergieron de las gradas del subterráneo, vi un billar con algunos jugadores; una anciana miraba pasar desde la ventana de su casa hundida entre el sardinel, fugacidades de colores amarillos, verdes, rojos, platino, otros coches, otros buses; adentro el vendedor de sensaciones seguía hablando, algunos lo seguían, otros miraban por el vidrio, distraídos y de vez en cuando lanzaban miradas hacia el ratón. “Pero dejemos que sea el mismo Señor Mauricio, el que les cuente lo que pasó”.

La rata se bajó de un brinco de la rueda a su piso de papel periódico y comenzó a hablar como si estuviera royendo las palabras:

- Había una vez un científico que me miraba día y noche. Era tanto lo que me miraba que alguna vez me sentí invadido en mi privacidad y eso es malo. Les pregunto, ¿alguna vez han sentido como que son y no son? Bien, es eso, porque el problema no es que nos miren, el lio es poder saber si cuando nos dejen de mirar seguiremos siendo el mismo o continuaremos siendo otros, perdidos en otras miradas que nos despedazan. Esa era la sensación y no les miento.

Yo miraba atentamente los labios del hombre de barbilla tratando de descubrir un movimiento que delatara al ventrílocuo, pero todo allí era convincente y coherente: no había el mínimo músculo moviéndose en su cara, mientras el ratón abría la boca y pronunciaba a la perfección su relato.
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- Ese es el lado oscuro de la historia -continuó el ratón-, la zona gris que aun me acompaña. El lado bueno es que al fin de cuentas soy un ratón y como tal, glotón. Es cierto, me sentía agredido, pero a cambio disfrutaba de mis buenas rodajas de queso, pan fresco, leche calientita, un buen sitio para dormir. ¡Es que esta barriga no me creció en un basurero!


Miré a los pasajeros. Todos, a excepción del niño que iba con su papá, observaban al ratón. El niño pegaba la nariz al vidrio y miraba por la ventana abstraído, se dejó llevar por algo que le llamó la atención hasta que el cuello no le dio para más de tanto torcerlo. Después me miró sabiéndose mirado por mi, se metió un dedo en la nariz y se quedó un rato mirándose el dedo, justo cuando iba a lamer su dedo volví la vista hacia Quin que hacía un encuadre en dirección a la jaula. Al rato escuché la caída de unas migas de pan en una cafetería lejana.

- De tanto ocio decidí ponerme a pensar y llegué a la conclusión de que pensar era mirar. Los niños saben lo que es mirar. Los ratones también. Y entonces miré cada uno de los movimientos del hombre que me miraba. Todo iba muy bien entre él y yo; ambos nos mirábamos. Con una diferencia: él no tenía ni la más remota idea de que yo también miraba. Y esto es delicado: un hombre puede enloquecer si descubre que las matas de su jardían lo están espiando. Yo, algo más desarrollado que una hortensia, miraba su ropa pulcra y planchada, el pelo bien peinado, la barbilla y el bigote que juntos lograban una geometría perfecta; miraba por supuesto la tristeza sellada en ese rostro que traía de la casa cada mañana como una huella que cada vez se iba haciendo más visible hasta convertirse en señal del tiempo, un hueco en el espacio infinito; después lo vi resurgir de las cenizas, ¿o tal vez hundirse hacia las profundidades con un dejo ambiguo y lejano, como quien se lanza de un edifico en llamas? Después de un tiempo vi una luz en sus ojos cada vez que llegaba su joven y bella asistente.

Le mujer de rostro ajado y quemado, de ojos pequeños y achinados, hacía rato no le prestaba atención al ratón y se dedicaba a mirar y darle vuelta a lo que parecía un retrato. Los dos niños miraban expectantes a la dirección del ratón.
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- Con el tiempo -continuó el ratón- ambos rompieron las barreras corporales y el trabajo se fue haciendo, a mi modo de ver, más agradable para todos. Se acercaban a mirarme ensimismados, me daban más comida, los pinchazos fueron cambiados por caricias, se divertían viéndome jugar, abrazados distraídamente, él pasándole el brazo por la cintura (ella al principio retirándolo firmemente, luego admitiendo ciertos toqueteos). De manera imperceptible se veía venir una explosión normal entre humanos aburridos de su soledad. Ella en busca del poder en el laboratorio, él en busca de lo real hermoso.


Una mujer de cejas postizas, minifalda fucsia y medias oscuras se subió en la parada de San Miguel. Se fue al fondo del autobús y se dedicó a hablar por celular, movía los labios en perfecto silencio, de vez en cuando miraba por la ventana, miraba el ratón, se reía con la persona que hablaba, otras veces reñía. Después dejó de hablar y se pasó rubor por las mejillas mirándose por un espejito, lanzado miradas hacia el fondo del autobús mientras seguía maquillándose, luego sacó de su bolso un lápiz labial y fue delineándose los labios de color rojo intenso. Cerró los labios, los encogió y acercó ante el espejo y miró de nuevo, satisfecha, al fondo del bus.

- Una mañana sucedió lo impensado: ese día, no entiendo cómo, los dos enamorados se dieron cuanta que yo sabía todo lo de ellos. Él me señaló y ella lo miró a él aturdida. Discutieron, ella salió, él se quedó en el laboratorio solo, desde un rincón me miraba, las piernas abiertas, los brazos cruzados. Llorando se acercó a mi jaula y ya no pudo mirarme más, me sentí, cómo decirlo, despojado de su mirada, desposeído de sus ojos que cada día hacían que yo me sintiera un ratón, desde el rincón de mi jaula me fui despojando de mi identidad a medida que sus ojos llorosos dejaban de mirarme para siempre. Yo era el que lo había mirado, yo era el que día a día construía su identidad, su historia familiar, sus corbatas, sus oscuridades y esa luz de amor en su bella asistente de largas trenzas rubias, trenzas que yo hubiera querido trepar y roer alguna noche. Consternado cogió la jaula y salió conmigo. Por primera vez veía la ciudad, no sabía que más allá de mi mismo había una ciudad. Mi vida comenzó a fragmentarse en otras miradas, como la de ustedes ahora mismo, mi unidad había desaparecido. La luz de la calle me encegueció y entré en las tinieblas. En esas espesas oscuridades me pregunté: ¿A dónde terminarán mis huesos?
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Todos quedamos suspendidos en el hilo de la historia que se agolpó hacia adelante con el frenazo del autobús. Nos detuvimos en la estación cercana a un McDonald’s, el vendedor de sensaciones se bajó allí sin pasar por los puestos pidiendo monedas: una lágrima se resbalaba por su mejilla. Cuando el bus arrancó de nuevo con un resoplido supimos que allí había terminado la historia. Miré a la señora de rostro ajado y dientes torcidos: seguía mirando la foto como un objeto lejano, más allá de lo retratado, más allá del amor o desamor, desgracia o encanto que pudiera contener la historia de lo impreso en ese papel. Miraba esa imagen totémica de frente, de lado, de atrás, la acercaba, la alejaba, la ajaba.


Los niños quedaron con la mirada quieta hacia donde un rato antes estaba el ratón; pasaron saliva, nos miraron a todos sorprendidos. Los dos se pararon de sus asientos y caminaron hacia donde estaba el tubo para sostenerse, exactamente el mismo lugar donde había estado el ratón. La niña de cabello rubio quemado, rudo como una melcocha nos miró a todos, el niño de rostro agudo como un felino se agarraba del tubo y miraba al suelo, algunas veces nos miraba otras, la mayoría del tiempo en que la niña habló, permaneció mirando al piso, sonriendo avergonzado. Hubiera bastado, pienso ahora, un gesto de cualquiera de nosotros, para verlo reír plenamente y escabullirse como un pequeño animal entre nuestras caricias.

- El papá mío murió ayer –dijo la niña-, pero llevaba muerto mucho tiempo. Algunas veces lo soñábamos; yo soñaba, mi mamá y mi hermano también. No nos contábamos los sueños, pero lo sabíamos: cada cual se iba a llorar su sueño lo más alejado de los demás, llorábamos y echábamos a un lado el mundo. Cuando yo lo soñaba le veía la cara completa y luego ella desaparecía, como una foto lavada por el tiempo. A mi papá lo mataron dos días después de habernos dado un abrazo de despedida, o sea hace tal vez dos semanas, ayer lo encontramos y ayer lo enterramos. Pero antes de enterrarlo miré a mi papá por última vez, entonces descubrí que le estaban faltando algunas cosas a ese rostro: el nombre ya no lo tenía, el color de su piel se lo había llevado la brisa, la noche y los muchos días que estuvo solo sin nosotros; también había desaparecido el recuerdo que él tenía de nosotros, su olor ya no era el mismo que yo olía cuando lo abrazaba; había desaparecido el olor de las comidas que comíamos juntos cuando él estaba, se había desvanecido el sonido de lo que nosotros fuimos para él, los ojos que nos miraron. La mamá mía no quería que lo enterraran en la fosa, no quería que él se fuera. Pero papá ya se había ido hacía tiempo. Solo quedaba un rostro que no era el suyo, que no nos miraba. Un rostro que tampoco era el de nosotros.

El bus se detuvo, la muchacha de vestido fucsia se bajó en esa estación, luego se fueron bajando poco a poco y subiendo otros, los niños regresaron a donde la mamá que seguía mirando la foto de arriba para abajo, por delante y por detrás, siguieron mirando por la ventana y yo noté que el día se había ido poco a poco y que pronto sería la noche. Sentí el codazo de Quintín.


- Hemos llegado Gómez.

La luz del día se había agotado y el sol, o la sombra del sol regaba su luz mortecina del final del día. La plaza fría y desierta extendía como en un tapiz de ladrillos y adoquines las primeras sombras de la noche. Las luces amarillas de los faroles daban un ambiente de calidez al lugar. Caminamos buscando instintivamente el centro donde estaba la estatua ecuestre y la fuente luminosa, suponíamos que allí íbamos a encontrar algún rastro de la PMNDHVDSH, pero solo encontramos un vagabundo que bañaba a su perro. Un papel llegó revoleteando en la soledad, lo agarré y lo guardé en un de los bolsillos de mi gabardina antes de que cayera al agua de la fuente. El vagabundo se reía con el perro que se sacudía para sacarse el agua y hacía ¡wraf, wraf!

- No hubo el tal mitin, Quin.
- No sea tan certero Gómez, deje que la flecha llegue por los lados –dijo Quintín misteriosamente.
- Yo tengo dos teorías –le dije a Quintín-: la primera es que todo esto fue un engaño de las redes sociales de internet, la segunda es que no se les permitió reunirse.
- Yo, Gómez, tengo una sola teoría, bien diferente a la suya, y perdóneme ser tan claro, porque es a usted quien le corresponde ser claro.
- ¿Cómo así?
- Los lectores esperan de usted luces y yo lo veo aquí dudar, o sea que va a entregar en su informe dudas y sombras como las de esta plaza.
- ¿Cuál es su teoría Quin? –le espeté de mal humor-, suéltela de una vez y déjese de bobadas
- Yo digo que hubo el mitin y que nosotros hicimos parte de él.
- No entiendo…
- No sé más Gómez, se supone que…
- Qué Quin.
- Que van a seguir ocurriendo tomas esporádicas, sin concentración definida, de repente en una esquina, en el metro, en un taxi, desde hace días se han puesto cita, llegan de manera individual y sin previo aviso se juntan, de repente nosotros dos somos una célula de la PMNDHVDSH y estamos aquí reunidos.
- No será usted Quin…
- No, pero no puedo asegurar nada. Usted me entiende Gómez, si es que usted es hombre.
- Y usted la reina, Quin.
- Se estaba demorando con uno de sus jueguitos florales Gómez.


Salimos de la plaza, atrás dejamos el perro y su vagabundo, nos metimos en callejas a medio iluminar, me puse a pensar en la gente que vivía tras las paredes de esas casas y apartamentos. Recordé una novela de Camus donde el protagonista se hacía tres preguntas para entender una ciudad: cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. Me puse a pensar en cuánto tiempo necesitaría quedarme en esa ciudad para saberlo. De las sombras de una esquina apareció un hombre como un silbido arropado por el pánico, me entregó un panfleto y huyó. Lo guardé en el bolsillo de mi gabardina. Unas sombras largas se acercaron precedidas del taconeo de las botas de gendarmes corriendo.

- ¿Han visto a alguien sospechoso por esta calle?

Quintín y yo nos miramos.

- No –dijimos al mismo tiempo.

Eran tres oficiales de la policía, mujeres muy jóvenes y bonitas que estaban por los veintitantos, una de ellas, de facciones agudas nos dijo:

- Mienten. Muestréenme sus documentos de identidad.

Le entregamos la cédula y las credenciales que nos identificaban como gente de la prensa. La oficial puso la linterna sobre los documentos. Verificaron los números desde un BlackBerry; nos miró uno a uno, revisó la cámara de Quintín y tuve un respingo cuando pidió que me quitara la gabardina gris: recordé los dos panfletos que guardaba indolentemente en uno de los bolsillos de la gabardina. Por fortuna simplemente la miró, más como una modista que como un policía. A continuación señaló mi sombrero, lo revisó con detenimiento, se detuvo en la marca y sonrío, “un autentico Borsalino”, dijo en voz baja. Entonces volvió a mirarme con una sonrisa.

- De manera que usted es Gómez, el periodista –dijo entregándome el sombrero-; nadie más que usted puede llevar de estas cosas puestas.
- Así es –dije sin saber si era un halago o una burla.
- Yo no es que entienda mucho de estas cosas –continuó la oficial ya más seria-, pero dicen que usted no escribe las crónicas, para ser más exactos dicen que la escribe una mujer joven. ¿Es cierto?
- Verá –le dije-, si es ella entonces yo no soy yo, pero yo soy yo, así que ella no soy yo. En realidad usted ve solo un cascarón, mi cuerpo. Allá en el fondo de ese cascarón usted no sabe con quién se va a encontrar y para buscarme no vale el documento de identidad que tiene en sus manos.
- Sr. Gómez, dígame una cosa, ¿por qué habla de ella con tanta familiaridad?
- Es que ella existe.
- ¿Quién es ella?
- Ella es usted.
- No entiendo Sr. Gómez– dijo cada vez más seria y perpleja.
- Usted la acaba de crear.
- Sigo sin entender – dijo ya con la personalidad vaciada.
- Es mejor así –le dije respetuosamente.

Al rato devolvió los documentos sin dejar de mirarme a los ojos.

- Bien, pueden irse. No han visto ni oído nada. No quiero problemas.


Las oficiales siguieron el camino estirando las linternas por las calles adoquinadas. En ese momento me di cuenta que la ciudad no solo era cemento, acero y asfalto. También tenía macetas con flores rojas, amarillas, rosadas, azules. También tenía pajaritos y palomas que se despertarían mañana bien temprano a cantar y vivir con el resto de los habitantes.

- Qué sigue ahora Quin –me sentía vacío, hubiera podido seguir caminando toda mi vida en esa ciudad pero debía encontrar salida a un vacío que no tomaba forma.
- Nada Gómez, regrese a su hotel, desconecte el teléfono, duerma y mañana regrese en el avión de la media mañana, para que pueda desayunar tranquilamente. Por fortuna usted es de los pocos que aun no tiene celular.
- Ese hombre huyendo de tres mujeres bonitas es una buena historia –dije- Voy a escribir algo en mi máquina y luego buscaré una sala de teletipos.
- ¿Teletipos? – Quintín se río sin ganas - ¿En qué época sigue anclado usted Gómez?

Quintín se fue en un taxi blanco y yo seguí caminando; un gato atigrado estaba en un jardín estirando las piernas perezosamente. Los periódicos se quedaron viejos en los quioscos con titulares que bien pudieron ser de hoy o de ayer. Me dejé caer en un andén, cerca había un bar, sonaba St. Louis Blues, con la voz de Bessie Smith y la trompeta de Louis Arsmtrong. Saqué los dos papeles que tenía en mi gabardina, eran idénticos. Los leí, hice una bolita y los boté en el cubo de la basura. Luego encendí un Pielroja y me puse a mirar cómo se iba el humo en ráfagas, confundido con el vaho del amanecer.
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Benjamin Casadiego © 2009
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Imágenes: 1. Johannes Vermeer, 2. Francesca Woodman, 3. Robert Frank, 4. Robert Frank, 5. Robert Frank, 6. Robert Frank, 7. Robert Frank, 8. World Press, 9. MAM Nueva York, 10. MAM Nueva York, 11. Francesca Woodman, 12. AFP, 13. AFP, 14. Kleinsm.