sábado, 13 de febrero de 2010

Mirada al vacío (I)



“Una hoja uniformemente negra es un cuadro, y sólo el hombre puede hacer una hoja uniformemente negra, ya que la naturaleza no hace jamás nada uniforme”. Alexandre Kojève


1

Una tarde de domingo como la de hoy papá llegó de visita. No era un gesto habitual pero tampoco era una sorpresa, era algo bueno, por decirlo de alguna manera, de hecho hacía seis meses que no se asomaba por acá, aunque hablábamos por teléfono de vez en cuando y eso es lo que yo llamo algo bueno. Antes, lo reconozco, venía más seguido, luego el tiempo terminó alargándose y se alargó tanto que algo se rompió definitivamente: seis meses es algo definitivo, pero aun faltaban otras categorías del tiempo: las que en lugar de alargarse se encogen: hasta asfixiarnos. Entonces faltaba lo peor (¿el silencio del tiempo encogido?). Ese domingo estuvo aquí conmigo mirando fotos del álbum familiar que estaba exactamente ahí, sobre la mesa de centro que nunca fue mesa y nunca estuvo en el centro, porque esto no es una sala, estrictamente hablando.

- Tal cual: un obispo, mirá – papá me revisó atentamente y volvió a la foto -. Tenés la soñolienta y satisfecha expresión de un obispo al final de una angelical cena.

Papá se refería a ese papel cuadrado en el que estaba yo recién nacida. No era mi mejor perfil, pero era yo.

- No un obispo -corregí sin vanidad, aceptando el juego –, parezco un cardenal renacentista. Mirá bien la cara y el púrpura, ese color no era casual. Tenía su precio.
- El color de la oscuridad y la luz –dijo papá con solemnidad, mirando de nuevo la foto-. Bien, un cardenal renacentista al final de una lenta y abundante cena.

La historia, por supuesto, va más allá de los bordes delicados de esa foto: hablo con alguien que ya no está. Papá no habita más en este lado del mundo y yo hago prácticas para vivir en ambos mundos. Retrocedo la película y lo veo de nuevo: estamos aquí tirados en ese mismo sofá que ahora observo desde la mesa de comedor, el sol, este sol amarillo de esta tarde de domingo entrando por la ventana; mi hijo clavado en un programa de lucha libre, el agua del café a punto de hervir. Ya habíamos dejando de hablar de mi ex marido (a quien papá admiraba), de las calificaciones escolares del niño (silencio), de mi mamá rehaciendo su vida con nuevo marido en el extranjero (nos cuenta de su trabajo en una empresa naviera de Anchorage, mi hijo espera visitarla para ver los alces del parque nacional Denali y mamá se muere por verlo a él; mi hijo no sabe las entrelíneas de esa historia y yo dudo de si en realidad sea una empresa naviera). Entonces, cuando lo doméstico fue clausurado, las palabras siguieron su juego.

- Supongamos –digo- que ese cardenal vive en Venecia. ¿Qué se escuchaba? ¿A qué olía ese momento?
- Venecia olía a mierda –soltó papá- y la comida era un mejunje tan espeso que te morirías ahora con solo verla.

Nada mejor que conversar, pienso ahora: nos hace ciudadanos del mundo, viajeros sin paso de aduana, ajenos a la culpa de una nacionalidad. Me es fácil recordar aquella conversación con mi padre, recuerdo los olores suaves de una bolsa de pan recién abierta y un café acabado de hacer, recuerdo los sonidos, la música: desde los soul de Otis Redding a las tonadas medievales de Guillaume Dufay. Recuerdo nuestro recuerdo de Venecia: 500 años atrás, los comensales en el Palacio Ducal.



- ¿Y los sonidos? –digo yo asqueada con los olores de Venecia descritos por papá a su modo definitivo, pero con sinceras ganas de estar allá, en esa Piazza san Marco que Guardi pintó con los reflejos del Gran Canal para darle un esplendor vivo que hasta ese momento nadie, ni Canaletto, le había regalado en un lienzo.
- Afuera, góndolas deslizándose por el Gran Canal alumbradas con faroles –dijo papá-, los comerciantes anunciando productos venidos de Oporto, Alejandría y Damasco, un barco pesquero procedente de Trieste ha llegado con chirlas, sardinas, lenguados y platijas; en el bullicioso mercado, los vendedores de morcilla y bofe empacan los saldos para llevarlos a casa.
- Voy un poco retrasada –intervengo yo -, el carruaje se bambolea por el empedrado de las estrechas calles. Adoquinadas, supongo. Yo soy un viejo Cardenal sin nombre pero con poder suficiente para anunciar la paz. Salto del coche…
- Corrección primera: Te desparramás del coche -papá sonrió ahora mirando el suelo.
- Y casi caigo de bruces en la acequia de aguas podridas que vomitan ratas chillonas, peludas, asquerosas: la encarnación del infierno…
- Comenzás a caminar –dice la voz teatral de papá-; te acompaña un séquito de seres sin rostro; respirás pesadamente, cosa que te impide aspirar por un instante el olor limpio del mar, la brisa del Adriático. El olor de tu infancia ya tan lejana como tu felicidad.
- Estoy tan aturdida que me he olvidado de que a pocas cuadras de allí, mi amigo y protegido el compositor Andrea Gabrieli, un buen hombre formado desde la infancia en los coros de la Basílica de San Marcos, presentará allí sus madrigales… ¿Sabés una cosa?
- ¿Sí?
- A la entrada de la catedral, oculto entre la multitud, espera mi amante disfrazado de hombre: piensa matarme, por viejo y depravado… - miro a papá- ¿Cuál es la segunda corrección?
- Que al bajarte del carruaje ya no sos un Cardenal…
- ¿Entonces?...Sos el Dogo… El gobernante de por vida, elegido por 12 familias. Entonces caminás pesadamente hacia el Palacio de los Dux.


- No entiendo por qué yo estaba fuera de Palacio…
- Estabas buscando la paz con tus enemigos, así que regresas a rendir cuentas. Doblás por la esquina donde están empotrados Los Tetrarcas, los cuatro guerreros amigos, recorrés las blancas arcadas, te distraés pasando los dedos por los muros: un gesto de serenidad pero también de inquietud: “¿qué pasará después de hoy?”, parecieras estar preguntándote. Entrás.
- Entro con cierto temor inexplicable, tal vez miedo escénico, diríamos ahora, al encontrarme de nuevo en los espaciosos salones del Palacio Ducal iluminados con mechones, en los pasillos resuenan mis zuecos: huele a incienso, humo de carbón vegetal y grasa animal; los comensales me ven llegar, alzan la mirada. Siguen comiendo con la mano: los trinches son aun un lujo puesto al lado de los platos.
- Mala señal –anotó papá-: has llegado tarde o has perdido poder.
- O la comida era un asco…
- Bien, asea lo que sea allí están reunidos los miembros de las poderosas familias aristocráticas que dominan el mundo en ese momento. Sonido de cuchillos y muelas masticando; la cena: bacalao salado en salsa picante, habas con tocino, puerros en salsa de almendras, tortelloni de auyama según la receta de Andrea Mantegna, garrafas de vino de la huerta y un cafecito.
- ¿Por qué cafecito? –digo yo.
- Era el final de una larga guerra.
- ¿Cómo se negociaba la paz en esos tiempos papá?
- Un artista sellaría la paz, así te lo pidieron tus enemigos que te llevaban del cuello –dijo papá levantando la vista del álbum, descansándola en mis ojos-. Y vos, haciendo gala de toda la astucia diplomática que te distinguía, decidiste enviar nada más y nada menos que a…

- ¿Gentile Bellini? –dijo uno de los 12 duques soltando su trinche, evitando la risa – ¿Pretende Su Alteza que los bárbaros lo descuarticen como un cerdo salvaje una vez pise suelo otomano?
- No –respondió el Dogo conciliador, sin dejar de ser soberbio-, pretendemos todos, tanto los aquí reunidos como ellos, que su arte divino ilumine y realce nuestra esencia de hombres de paz y progreso.
- ¿Si ahora me fuera dada esa digna gracia –digo yo pronunciando gratia alargada como en un motete medieval-, funcionaría un sello de paz así?
- ¿Aquí?
- Sí…
- Sí… Fernando Botero - por un momento sentí a papá incómodo-. Pero esto es otra cosa…
- ¿Qué es esto?
- No lo sé.


Guardamos silencio. La tarde aquí en nuestro mundo olía a nubes blancas. Escuchamos el ruido de una sirena en la otra calle, una lejana y chillona voz de mujer vieja anunciaba mandarinas, papaya fresca y mazorcas, una bicicleta pasó cerca de la ventana, otro carro dejó en el aire una canción. Una voz de muchacha dijo con voz triste: “y ahora su voz es un recuerdo doloroso”. La tarde olía a nubes blancas recién formadas en el cielo azul, también olía a calles desoladas y a la tranquila pereza de un domingo en la tarde. Papá se incomodó con ese no lo sé y trató de hallar otra respuesta.

- Aquella era una guerra estética –dijo papá volviendo al álbum y mirándome con el rabillo del ojo a ver qué cara ponía yo.
- Pongámonos serios –reclamé yo-, era una guerra con muertos: invasiones de turcos, intrigas de otros estados italianos, la lucha por corredores estratégicos marítimos y terrestres hacia India y Asia, Vasco Da Gama descubriendo una nueva ruta en el Cabo de Buena Esperanza.
- Sí –papá sonrió-, pero también había una estética, y el fuego de los cañones y los asaltos llevaban ideas, arte, religión, inventos, las formas de pintar de unos y otros.
- El fuego llevaba ideas -le recordé a papá-, pero también requería dinero y se peleaba por él. Había, como ahora, sed de poder, decisiones que buscaban dominar el mundo.
- Bellini… - dijo papá y quedó en silencio, sonriendo- ¿Te imaginás? Bellini, como parte de los acuerdos de paz, vivió más de un año entre los otomanos y las pinturas de ese periodo fueron magníficas.
- Entonces, una lección para tener en cuenta: algunas guerras dejan arte, la nuestra ha dejado muertos –digo yo, dada a esas conclusiones tajantes- ¿Qué te parece?
- ¿Te imaginás a Botero un año en Colombia como parte de los tratados de paz? Su arte se renovaría, renacería de las cenizas en que está sumido ahora. Y nosotros emergeríamos, con él.
- ¿Por qué pensás en Botero, papá? ¿No te parece muy pesado a estas horas de la vida?
- ¡Es que nadie ha podido pintar gatos como los suyos! - dijo papá acicalándose enérgicamente ambas cejas-. ¡Ni siquiera Goya! Ni siquiera…
- ¿Leonardo ibas a decir? Recuerdo la vez que estábamos almorzando todos y de pronto dijiste al aire mirando el cuadro de la Última Cena: "Miren, Da Vinci convirtió a Jesucristo en un pintado en la pared".
- Después se me ocurrió colocar un graffiti: Jesucristo es un pintado en la pared, atentamente, Da Vinci, pero ya no estaba para esos trotes. Sí… En realidad Da Vinci dibujó dos gatos dormidos. ¡Pero también Klee y Chagall y Matisse! ¡Hasta Rudyard Kipling que no era pintor pintó un gato para su hijo! ¡Todo el mundo ha pintado gatos!


- ¿Alguna vez me pintaste gatos cuando era niña papá?
- Vos los pintabas como los pinta ahora tu hijo: gatos que parecen burros.
- Buuueno, eran gatos bien puestos en sus cuatro patas –digo yo sonriente como una delicada gata abrigándose entre las patas-. Bien, te concedo algo en cuanto a Botero: hace rato que no vemos un presidente haciendo la siesta ahora que todos alardean con que no duermen de tanto trabajar. Pero es necesario algo más… ¿precario?, más así –chasqueé los dedos – que nos ponga de frente con la memoria.
- No veo eso que dibujaste en el aire…
- Es arte concreto –expliqué tratando de no ser insolente-, no representativo; es arte que está sobre el lienzo o el papel y no está en otro sitio, en otro lugar de la naturaleza, es en sí mismo un universo con sus leyes. Ese arte va más con el país, porque nos da la oportunidad de re-pensarnos, re-inventarnos a partir de sabernos in-existentes. En vez de arte para decorar un sitio, necesitamos un lugar que decore el cuadro.
- Debiste haber sido artista o crítica de arte hija… en lugar de ser médica.
- No, no… -dije ensimismada en no se qué.
- Bueno, -continuó papá - el arte de la guerra, en el manifiesto futurista de Filippo Marinetti, se saluda la guerra, las bombas, las balas porque ellas producirán el arte del futuro, algo así como los objetos del arte modificados por la técnica, en este caso el arrasamiento de la primera Guerra Mundial, luego las bombas que destruyeron ciudades como Hiroshima o aquí los cilindros bombas y las sierras eléctricas. La guerra es bella, dice, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las orquídeas de fuego de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, los altos el fuego, los perfumes y olores de la descomposición. Fijate que los jóvenes futuristas se lanzaron a la guerra del 14, a eso que ellos llamaban “la única higiene del mundo”. Los que no murieron quedaron años después convertidos en peones culturales de Mussolini.
- ¡Ve esos perros! – grité enfurecida, molesta de haber escuchado ese manifiesto de labios de mi papá -. ¡Extravagantes, grotescos! Miserables degenerados que por fortuna no se repitieron en la historia. ¿En qué terminaron? En mendigos arrodillados al poder, ¡en unos lame culos!

Papá me miraba atónito.

- Ya se me había olvidado el calor de tu sangre, hija –dijo papá sonrojado.
- Disculpas.
- No es nada, estás viva hija.
- Seguí con la historia de esos perros, por favor.
- Bueno –siguió papá-, luego se reencarnarían en formas más refinadas: nada más fijate en la Bauhaus, en arquitectos como Gropius, Mies van der Rohe o Le Corbusier, y todo eso que se llamó la estética de la máquina, el Ballet mécanique.
- Ah, una arquitectura que niega el pasado… Eso a mi me gusta en algunos momentos, en algunos domingos, es belleza –dije yo un poco más calmada-, esa arquitectura es bella, acariciable, es otra cosa comparada con ese vómito futurista.
- Viendo tu reacción se entiende la dimensión terrible de ese discurso –dijo papá-, pero aceptémoslo: es realista aunque el realismo en el arte ya no nos va, ¿no?
- No va, sí… -digo y voy pensando la cosa, dejando atrás mi pasión-, sí… pero de allí se pueden hacer abstracciones y experiencias que no necesariamente nos cuenten una historia lineal –termino diciendo yo, a veces tan pedante, tan profesora, herencia tal vez de la abuela paterna de papá, al fin de cuentas los genes…


- Eso es lo que quería decirte hija –dijo papá volviendo al ruedo cauteloso pero firme-, si miramos ese discurso futurista sin pasiones, pues al fin de cuentas para qué sirven las pasiones en el arte, ¡Dios Todo Poderoso!, nos damos cuenta de eso.
- ¿De qué?
- Bueno, de que es otra mirada a la guerra, pero no es más que eso, una mirada desde un discurso y eso nace en una sociedad dada a los debates libres y esas palabras no puede dejarse a un lado, sobre todo viniendo de artistas, que son los únicos que aún creen en el mundo. Arendt decía que la duración, yo diría perduración, de la obra de arte nos daba a entender ese carácter duradero del mundo.
- ¿Qué es el mundo? –pregunté aquietada en esas pasiones de papá.
- El mundo es la vida humana. Incluso un mundo con guerra es mundo, lo contrario es el desierto, ausencia de vida, hasta de guerra incluso. ¿Cómo entender una guerra?
- Ahí iba yo… –digo aspirando el aroma de la crema untada sobre mis pies, pensando en los grandes temas filosóficos: del saber, del sabor y de otras cosas- ¿Si se entiende una guerra podríamos llegar a disfrutarla?
- Supongo que de eso se trata, ¿no? – dijo papá mirándome con obviedad-. Adorno dice que el oscurecimiento del mundo hace racional la irracionalidad del arte.

Nos callamos. Afuera, en la calle nuestra, sonaba el silencio, adentro en mi casa olía a nada. Era importante cambiar de tema para siempre.


- ¿Por qué cafecito en esa cena, papá?
- Café en lugar del agresto, uno puede jugar con la historia y las costumbres, hija.
- ¿Y dónde me dejás esa… molesta sensación de llenura, como dice la propaganda de sal de frutas, papá?
- Oh sí, todo eso era una mierda.

La comida había durado mucho tiempo, tal vez las horas exactas para pasar a otro tiempo, para intentar otro viaje con las palabras, los ojos atravesados por libros, viajes sin salir de casa. ¿Qué tal, papá, que en lugar de cardenales y duques fueran mandarines?, le pregunté.

- Pues entonces las comidas cambiarían, hija –dijo papá con su habilidad para explicar las cosas que le emocionaban.
- ¿Cómo serían, papá?
- Año 1700. Sos una letrada de fama y respeto –dijo papá mirando para la ventana-. Te han organizado un agasajo en Nankín. La estricta ceremonia protocolar, las músicas como parte de ese rigor, dulzainas, flauta de bambú, violín de cuatro cuerdas y el órgano de boca; por supuesto la comida y las bebidas: hierba de verano de oruga de invierno; siete tazones de nidos de golondrina en salsa negra, buches livianos, dátiles, té verde, vino en copas de porcelana y palillos de marfil, por supuesto.

Papá conversando conmigo antes de dejar de hablar, antes de ocultarse, para no decirnos nada más. Me consuela pensar que en algún paisaje de esa lejana china rural estaba, oculto tras las rocas y la vegetación, un ermitaño: Shitao el pintor de los vacíos, y entonces me doy cuenta que comienzo a ser yo, porque soy niebla, vacío, plenitud, silencio, eso es lo que soy y si fuera posible jamás hubiera hablado, pero tuve que hablar para saber que jamás debí haberlo hecho. Aquella tarde mi taza cayó al piso; desde arriba miré asustada el piso blanco abierto en un abanico de astillas color amarillo quemado sobre café, explosión de un instante, imagen congelada en el espacio, desnuda, expuesta allí para cualquier albur. Papá, impávido, recogió los pedazos de loza: desde abajo me miraba y me interrogaba. Tal vez nunca me había visto tan asustada por una simple taza de café que caía al piso.
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Benjamín Casadiego © 2010


Imágenes: 1 Yuanji Shi Tao (1642–1707), 2 Francesco Guardi: Palacio Ducal de Venecia, 3 Francesco Guardi: Partenza del bucintoro per San Nicolo, 4 Canaletto: Vista de la entrada al Arsenal (1877), Canaletto: San Marcos, 5 Gentile Bellini: Prédica de Marcos Alexandri, 6 Gentile Bellini: Mehmed II, 7 Fernando Botero, 8 Mark Chagall, 9 Paul Klee, 10 Gropius: Farnsworh House, 11 Retrato del arquitecto Mies Van der Rohe, 12 Fernando Botero: La siesta del Presidente, 13 Richard Serra.